Mónica le siguió la corriente.
—El señor Silva dirige una empresa tan grande, es natural que esté ocupado. Lo entiendo perfectamente.
—Señor, ¿está bien que estacione su carro aquí? Queda un poco lejos de la entrada del bar. Cuando su jefe termine y, si acaso sale borracho, le va a costar trabajo llevarlo hasta el coche.
El chofer volteó a ver su vehículo y luego la entrada del bar.
Sí, estaba un poco lejos.
Pero no había más lugares cerca.
Isabela aprovechó que el chofer estaba distraído para bajar del carro rápidamente. Se agachó, se escondió detrás de otros vehículos y avanzó encorvada.
—No había lugares más adelante.
—También me gustaría haber estacionado más cerca —dijo el chofer, resignado.
—Entiendo, entonces no hay de otra. Señor, mis amigas y yo también vinimos a tomar algo, así que nos adelantamos.
—Claro, señorita Torres, hasta luego.
El chofer vio a Mónica y sus dos amigas alejarse.
Una vez que entraron al bar, desvió la mirada y volvió a observar la placa del BMW. Le seguía pareciendo familiar.
Recordaba que en la boda, la señorita Torres no había llegado en carro. Nunca había visto su coche, así que era imposible que le resultara familiar la placa.
Pero, si el carro no era de ella, ¿por qué había bajado de ahí?
Ah, claro. La señorita Torres había bajado del asiento del copiloto. ¿Y el conductor?
El chofer se acercó para mirar, pero ya no había nadie en el vehículo.
«Seguro se bajó antes y no me di cuenta», pensó.
Con esa idea, se alejó y dejó de prestarle atención al carro.
Isabela entró al bar a escondidas y, tras enviarle un mensaje a su amiga, se dirigió al reservado.
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