—Vanessa, soy yo.
«¿Qué hace aquí otra vez? Y tan temprano», pensó Vanessa para sus adentros.
—Vanessa, ¿acaso no me vas a dejar ni entrar?
Finalmente, Vanessa se acercó y abrió la puerta para dejarlo pasar.
La pareja entró en la casa.
Héctor y Luna habían salido a hacer la compra y aún no habían vuelto, así que solo estaba ella en casa.
—Vanessa, todavía no he desayunado —dijo Lorenzo, sentándose en el sofá como si nada—. Normalmente tú me preparas el desayuno, ya me acostumbré a tu comida.
—¿La señora Valdez no te preparó el desayuno? —respondió Vanessa con un tono frío y distante.
No era tonta. Sabía que él no había vuelto a casa últimamente.
Ya sabía de su infidelidad, así que no tenía por qué seguir ocultándolo.
Podía estar abiertamente con su amante, pasar la noche en su casa sin tapujos.
Lorenzo levantó la vista hacia Vanessa y, tras un largo momento, dijo:
—Vanessa, ya hemos discutido suficiente. Vuelve a casa, ese sigue siendo tu hogar.
—Nuria no tiene intenciones de quitarte tu lugar como la señora Méndez. No habrá ningún conflicto entre ustedes.
Vanessa, que había pensado en servirle un vaso de agua, cambió de opinión al escucharlo. Ni agua le iba a dar.
—Lorenzo, creo que fui muy clara el otro día. Ya que tienes a otra persona, y hasta un hijo de diez años, lo mejor es que nos separemos en buenos términos. Dale a la señora Valdez el lugar que le corresponde, que también es darle un lugar a tu hijo menor. ¿Acaso tienes corazón para dejar que lleve siempre la etiqueta de hijo ilegítimo?
—Sí, fue mi error. No supe controlarme e hice algo que te lastimó.
—Pero... había bebido, perdí el control y... esa única vez, ella quedó embarazada. No tuve más opción que mantenerlos, darles a ella y a su hijo una vida estable.
—Pero todo lo que ella tiene, tú también lo tienes. Trato a ambas por igual. Tú eres mi esposa, puedes estar a mi lado abiertamente. Ella, en cambio, tiene que esconderse.
—Vanessa, sigo prefiriéndote a ti.
Vanessa lo maldijo mil veces en su mente.
Veinte años de matrimonio, y apenas se daba cuenta de lo patán que era este hombre.
¿Cómo se atrevía a decir semejantes cosas?
Se esforzó por repetirse a sí misma: «No te enojes, no te enojes. No discutas ni pelees con él. Deja que se sienta culpable. Solo así conseguirás la compensación que mereces y podrás dejarlo».

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