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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 66

—Señorita, ¿por qué se fue el señor que le compró el papalote? Era muy guapo.

Uno de los niños había visto a Álvaro comprándole el papalote a Isabela.

Isabela le pellizcó suavemente la mejilla al niño y le dijo con una sonrisa:

—Eso fue hace una hora y tú lo viste. Sí, ese señor es muy guapo y también muy amable. Ya se fue a su casa.

»Tú también eres muy guapo, amiguito. Cuando crezcas, serás tan apuesto como él.

El niño se sonrojó un poco por el cumplido, pero le gustó aún más jugar con Isabela.

A pesar de la diferencia de más de diez años de edad, Isabela se llevaba muy bien con ellos. Su sonrisa era tan afable que los padres de los niños dejaban que sus hijos jugaran con ella sin preocuparse.

—¿Quién te compró ese papalote?

La voz fría de Elías resonó de repente, sobresaltando a Isabela.

Miró a ambos lados y se dio cuenta de que Elías estaba de pie detrás de ella sin que se hubiera percatado.

«Este tipo... ¿acaso no hace ruido al caminar?», pensó. « ¿Tienes teletransportación o qué?».

No, espera, ¿qué hacía Elías aquí?

¿No debería estar adulando a la mujer de sus sueños?

—Elías, ¿qué haces aquí?

—¿Acaso este es tu terreno privado y no puedo venir? —respondió Elías con frialdad.

—No, claro que no, es un lugar público.

Isabela pensó para sus adentros: «El ambiente está un poco tenso».

—¿Quién es ese "señor guapo" del que hablaba el niño? ¿Él te compró el papalote? ¿No tienes dinero? Un papalote de cincuenta pesos y tienes que dejar que otro te lo compre.

Él había visto y escuchado toda la conversación de Isabela con los niños.

Saber que el papalote que Isabela estaba volando se lo había comprado otro hombre le molestó profundamente.

Isabela se paró y se giró para mirarlo.

—Isabela, todavía no me has dicho quién te compró el papalote.

No la había acompañado a la playa y ella ya estaba coqueteando por ahí, queriendo ponerle el cuerno.

—¿Por qué te pones así? Pareciera que acabas de pillar a tu esposa con otro.

Elías, con el rostro serio, le recordó:

—Tú eres mi esposa. Y en cuanto no estoy a tu lado, te pones a coquetear. Hasta te compran papalotes.

»Pero ese tipo no es muy listo. Demasiado codo. Solo te compra un papalote de cincuenta pesos. ¿Por qué no te invitó a una buena cena de mariscos?

Sus palabras estaban cargadas de sarcasmo.

Isabela lo miró fijamente, y ante su mirada, él desvió la vista.

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