—Elías, ¿de verdad tienes el descaro de reclamarme? ¡Ja! —dijo Isabela con sarcasmo—. Si alguien de los dos fuera a ser infiel, ¡ese sin duda serías tú!
»Te lo dije, mientras no nos divorciemos, no voy a ponerte el cuerno.
»Si me gustara alguien, esperaría a que nos divorciáramos para salir con él abiertamente y casarme con él como Dios manda. ¿No sería mejor eso? ¿Para qué ser infiel?
—Isabela, ya te he dicho que no menciones el divorcio a cada rato —dijo Elías con voz gélida y baja.
—Me encontré a tus dos mejores amigos en la entrada del fraccionamiento, al señor Morales y al señor Delgado.
»Ellos también vinieron de vacaciones. Nos encontramos por casualidad y caminamos juntos. Yo quería comprar un papalote y el señor Morales pagó por mí. Intenté devolverle el dinero, pero no quiso aceptarlo.
»Después, me quedé aquí volando el papalote, y el señor Morales y el señor Delgado se fueron. Eso es todo.
Elías se quedó perplejo por un momento. No esperaba que la persona que le compró el papalote a Isabela fuera Álvaro.
Qué casualidad que ellos también estuvieran de vacaciones en la playa.
No, espera. ¿Por qué venían a la playa de vacaciones y no le avisaban a él? Él también era su amigo.
Elías se sintió un poco molesto porque sus dos amigos no lo habían invitado.
Aunque en el fondo sabía que ellos dos eran más unidos y que a ninguno le caía bien Rodrigo, mientras que él y Rodrigo eran amigos de la infancia.
—Elías, Isa, ¿de qué están hablando? Los veo a los dos con cara de pocos amigos.
Jimena se acercaba del brazo de Rodrigo, con una sonrisa radiante.
Su voz llegó antes que ella.
—Elías, ¿estás molestando a Isa? Eso no se hace. Su hermano y su cuñada están aquí. Si la molestas, te las verás con nosotros.
Jimena hablaba como si estuviera defendiendo a Isabela.
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