Con esa respuesta, ¿qué más podía decir Rodrigo?
—Está bien, son sus asuntos de pareja, nosotros no debemos meternos. Con que ustedes sean felices, es suficiente. Vivimos muy cerca, así que no te acompaño.
Elías sonrió.
—No es necesario.
Sus casas eran vecinas, solo tenía que caminar unos pasos para llegar a la puerta de su villa.
—Mejor regresa a acompañar a Jimena. Pasaron todo el día fuera, deben estar cansados. Descansen pronto.
—Buenas noches.
Rodrigo se despidió, dio media vuelta y cerró la puerta de su casa.
Elías también se dirigió a la suya.
Sin embargo, se quedó parado frente a la entrada durante un largo rato, sin abrir la puerta ni tocar el timbre, perdido en sus pensamientos.
Finalmente, se movió, pero para darse la vuelta y marcharse.
Se dirigió a la casa de los Morales.
Álvaro había sacado un camastro al jardín y estaba recostado, mirando el oscuro cielo, absorto en sus pensamientos.
El timbre sonó de repente.
Álvaro miró hacia la entrada y, al ver a Elías, se levantó de inmediato.
—Elías, ¿qué haces aquí?
Elías respondió con frialdad:
—¿Qué pasa? ¿No soy bienvenido? Ustedes dos sí que no tienen vergüenza. Se van de vacaciones y ni siquiera me avisan.
Álvaro sonrió mientras le abría la puerta.
—Pensamos que, como recién casado, estarías disfrutando tu tiempo a solas con tu esposa, y no quisimos molestarte.
—¿Adrián no está?
Al entrar, Elías vio que solo había un camastro en el jardín, por lo que supo que Adrián no estaba allí.
Álvaro cerró la puerta y respondió:
—Parece que a Adrián le gusta una chica. Se fue a su cuarto para chatear con ella.
—¿Chatear? Eso es poco práctico. Si le gusta, debería ir por ella directamente.
—No estoy confundido, fuiste tú.
Sacó doscientos pesos de su cartera y se los ofreció a Álvaro.
Álvaro miró el dinero y luego a Elías, sin aceptarlo.
—Elías, te aseguro que estás equivocado. No me debes nada.
Y menos doscientos pesos.
Para el increíblemente rico Elías, doscientos pesos no eran nada.
—El papalote de mi esposa, lo compraste tú, ¿verdad?
Álvaro se quedó helado.
Elías guardó su cartera en el bolsillo, tomó una de las manos de Álvaro y le puso los doscientos pesos en la palma.
—Álvaro, a mí, Elías, lo único que me sobra es el dinero. Claro que puedo pagar un papalote para mi esposa.
—No necesito que tú se lo compres. Y, por cierto, el papalote que le compraste era demasiado infantil, para nada bonito.
Álvaro no sabía qué decir.

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