Isabela había probado la repostería más fina. En ese aspecto, Mónica no podía compararse con ella.
Al fin y al cabo, Isabela había sido la señora Silva, parte de la familia más poderosa de la ciudad.
—¡Ni preguntes! Tengo mucha fe en la mano de la señora. Están ricos, muy ricos.
Mónica sonrió:
—Yo le dije lo mismo, pero ella quería tu opinión a fuerza. Ahora ya va a poder estar tranquila.
La repostera había llegado recomendada por Álvaro Morales. Ella conocía las intenciones de Álvaro; ahora que él andaba tras Isabela abiertamente, la mujer se daba cuenta de todo.
Aunque Mónica se la pasaba en la tienda todo el día, para la repostera, Isabela era la que realmente mandaba.
—Ya es tarde y sigues tomando café, ¿no te da miedo el insomnio?
Isabela sonrió:
—Tú me lo trajiste, me lo tengo que tomar. Ya me acostumbré; no importa si es de tarde o de noche, igual duermo como tronco.
Porque estaba muy cansada.
En cuanto tocaba la cama, caía rendida.
Antes soñaba o daba vueltas sin poder dormir, pero ahora se quedaba dormida al instante, ni sueños tenía.
Mónica rio:
—Yo no me atrevo a tomar así, me da miedo no dormir. Y si no duermo, me la paso escribiendo toda la noche.
»Pero si escribo mucho, las cervicales no aguantan, siempre me duele. Son gajes del oficio.
La mayoría de los autores sufrían de eso.
—No te mates tanto. Cuando termines la novela que estás publicando ahorita, descansa un rato. No empieces otra luego luego. Llevas años escribiendo sin parar, hasta en Nochebuena te pones a escribir y le sigues en Navidad. De verdad que te pasas el año entero pegada a las letras.
»Ya no nos urge ese dinero. Descansa bien un tiempo y despeja la mente.

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