—Claro.
Isabela asintió.
—Señor Peña, espere un momento, vamos a organizarlo.
Los guardaespaldas de Ulises entraron y se sentaron en las mesas cercanas a él.
Isabela y Mónica se levantaron para preparar el pedido.
El café y los postres más populares que Ulises pidió fueron los primeros en llegar a su mesa.
—Señor Peña, buen provecho.
Ulises miró a Isabela, que le servía personalmente, con una mirada oscura e indescifrable.
—¿Podría la señorita Romero acompañarme con un café?
—Señor Peña, lo siento, tengo asuntos que atender y debo irme de inmediato.
A Isabela no le gustaba tratar con Ulises.
Él no insistió. Sonrió y dijo:
—Entonces, espero tener la oportunidad de invitar a cenar a la señorita Romero otro día.
Isabela sonrió sin responder.
—Señor Peña, si necesita algo más, solo dígale a los meseros. Me retiro.
—Está bien.
Isabela intercambió unas palabras con su amiga, tomó su bolso, asintió nuevamente hacia Ulises y salió.
Mónica notó que, tras la partida de su amiga, la sonrisa de Ulises desapareció. Bebió su café lentamente, hasta la mitad, y probó un poco de cada uno de los postres.
Media hora después, se levantó, pagó la cuenta y se marchó con su equipo de seguridad.
Mónica tuvo la sensación de que Ulises había ido solo por Isabela.
Poco después de que él se fuera, Mónica recibió una llamada de su amiga.
—Mónica, tuve un accidente de coche —dijo Isabela.
—¿Un accidente? ¿Cómo estás? ¿Te lastimaste?

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