Perspectiva en tercera persona.
Nita daba volteretas colmada de júbilo en los confines del canal de comunicación mental de la joven. Laila, por su parte, se quedó completamente petrificada en su sitio, desprovista de herramientas para procesar la espectacularidad de la transformación.
Le resultaba imposible establecer un nexo lógico entre el aristócrata de modales intachables que permanecía plantada frente a su posición y la figura del comandante rústico que solía barajarse entre los fluidos y la mugre de las trincheras en las jornadas previas.
El único elemento de juicio que validaba la autenticidad de su identidad se restringía a la fijeza de sus ojos de un tono gris ahumado, cuya agudeza persistía en destilar la firmeza característica de hojas de acero templado.
Semejante cuadro confirmaba que la estructura densa de su barba asilvestrada se había encargado de salvaguardar la integridad de su piel al amparo del hermetismo todo este tiempo de forma involuntaria, preservando la pulcritud de sus facciones «ensalzadas con justa razón bajo el título de la Luz de Luna de Rydar entre la alta sociedad» de verse quebrantadas por la furia de las ventiscas heladas y los estragos del clima invernal.
Con justa razón… De forma interna, Laila hilvanaba sus reflexiones en silencio: los murmullos de la capital se alineaban estrictamente con las evidencias al sentenciar que Samuel encarnaba al macho más bien parecido de la totalidad del Reino Rydar.
¿Y de verdad constituía la figura de su segundo compañero legítimo asignado por los decretos de la Diosa de la Luna por vía del destino en esta nueva etapa de su vida? ¿Acaso semejante hipótesis custodiaba fidelidad con la realidad de las cosas?
A pesar de que Laila había tomado la determinación inquebrantable de desmantelar cualquier remanente de interés afectivo o sentimental de sus pensamientos lunas atrás, en el preciso instante en que los alaridos agudos de Nita se hicieron presentes en su conciencia y sus ojos coincidieron con la fijeza de su escrutinio de forma imprevista, las entrañas de su ser experimentaron una sutil contracción violenta, asemejando la presión de un cepo de acero cerrándose sobre sus sentidos de forma fulminante.
—¿Qué pasa? ¿Acaso tus capacidades analíticas se ven imposibilitadas para identificar las líneas de este semblante en la actualidad? —Samuel curvó los labios levemente, permitiendo que un sutil matiz de mofa marcial se filtrara en sus palabras al interrogarla.
Las facciones de Laila se encendieron en un vivo tono escarlata debido a la timidez, apresurándose a ejecutar el saludo estrictamente apegado a las directrices del protocolo militar.
—Mariscal.
Samuel asintió con la cabeza de forma perentoria previo a girar sobre sus talones para emprender la marcha.
—Desplaza tus pasos tras mi estela.
Se abstuvo de adoptar su fisonomía de lobo de forma intempestiva; optó por coordinar sus desplazamientos manteniendo un ritmo pausado en su forma humana. Laila procedió a imitar sus movimientos, escoltando sus pasos a una distancia prudencial prescindiendo de acelerar el dinamismo de su marcha.
Las suelas de sus calzados militares trituraban la estructura de la nieve inmaculada que cubría la superficie, provocando sutiles ecos crujientes en el entorno de forma rítmica. Las dependencias de la demarcación se encontraban sumidas en una quietud absoluta que rozaba los límites de lo bizarro. Incluso las aves rústicas de plumaje oscuro características del invierno se abstenían de proferir el menor eco metálico en la zona.
Este suelo soberano, saturado por completo de fluidos de mil hostilidades bélicas en el pasado, manifestaba un aura de profunda armonía bajo el amparo de la nevada invernal, simulando un escenario donde las hostilidades del frente jamás hubieran tenido cabida en la historia; un páramo donde las comunidades de lobos contarían con las garantías indispensables para dedicarse a la caza de ciervos en libertad en lugar de andar rebanándose la tráquea los unos a los últimos de forma encarnizada en las trincheras.
De haberse visto la región libre de los horrores de la guerra… con total certeza los tiernos cachorros continuarían derrochando alegría y risas en medio de estos campos cubiertos de escarcha en la actualidad. Laila apretó los labios con firmeza, agilizando el flujo de sus reflexiones de forma mental encaminadas a descifrar la encrucijada:
«Nita, te sugiero desglosarme las cosas bajo los lineamientos de la honestidad: ¿de verdad la jerarquía de Samuel se alinea con la condición de ser nuestro compañero legítimo comisionado por el destino? ¿A santo de qué mis capacidades analíticas se ven privadas de registrar ese sutil magnetismo biológico que se supone debe regir las interacciones entre almas predestinadas?».
Nita ejecutó un sutil movimiento de contracción con su cola peluda al tiempo que entornaba los párpados de forma mental, fingiendo entregarse al descanso en los confines de la conciencia:
«Tus dudas carecen de fundamento; ten la total certeza de que encarna a nuestro compañero predestinado de forma fidedigna.
«¿Sostienes esa afirmación con apego a las evidencias?».
«¡De forma categórica! ¿Bajo qué motivaciones ocultas habría de incurrir en una falsedad estratégica en tu perjuicio?».

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