pítulo 266 A la mañana siguiente, el problema con el auto se resolvió. Olivia se reunió con la compañía de la gira y volvieron a subir al vehículo, rumbo a la siguiente ciudad. Esa parada era Venecia.
La famosa Venecia, la ciudad de las marionetas.
Cuando Olivia vio que todas las tiendas en las calles y callejones vendían muñecas, recordó de pronto las que tenía en casa, alineadas en fila. Con la bonita excusa de que no quería que estuviera sola.
Alguna vez creyó ingenuamente que esas muñecas estaban ahí para hacerle compañía. Ja, quién sabe a quién terminaron acompañando.
Julián pensó que quería comprar una.
—Olivia, ¿quieres que vayamos a escoger una?
Olivia negó. No era que las muñecas fueran feas; para ella, eran un recuerdo infeliz.
El celular sonó. Era un número extranjero desconocido.
Olivia contestó. Del otro lado, alguien le habló con cortesía y se identificó como recepcionista del hotel.
Era el hotel en Alemania del que habían hecho checkout esa mañana.
—Señorita, en su habitación se quedó una llave.
Seguramente se le olvidó. ¿Podría dejarnos su dirección actual para enviársela por correo?
¿Una llave?
—¿Es una que tiene un llavero con la foto de un chico y una chica jóvenes, los dos latinos? —preguntó Olivia.
—Sí, la chica es usted. Recordamos su cara.
Olivia sonrió.
—Gracias, pero tírenla. Ya no la quiero.
—¿Ya no la quiere? ¿Está segura? —La recepcionista creyó haber escuchado mal.
—Sí, ya no la quiero. Tírenla, por favor. Gracias.
Olivia fue tajante.
—Entendido. Disculpe la molestia. —Del otro lado, la recepcionista colgó.
Olivia sabía que era la llave de la casa.

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