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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 413

¿Ese informe de Adrián era real o falso? ¿Por qué

alguien se lo habría dado a Paulina? De esas dos preguntas, Beto solo tenía certeza sobre la primera.

Tras buscar y rebuscar entre sus contactos, logró

confirmar que Adrián efectivamente se había hecho estudios médicos recientemente, y que los resultados coincidían con lo que decía el informe.

En cuanto a quién se lo había dado a Paulina...

quienquiera que fuera, no tenía buenas intenciones.

¡Pero eso no importaba! A estas alturas ya no había marcha atrás: traicionar a Adrián era inevitable, y para actuar por su cuenta necesitaba aferrarse a Fabián con uñas y dientes. Con Santiago instalándose en Altabrisa, era cuestión de tiempo para que dominara todo el sector.

Si a la ecuación se le sumaba un niño rico como Fabián, dispuesto a repartir el botín, su única opción era aceptar primero y resolver los detalles después.

En un mundo lleno de tiburones, Fabián era el único lo bastante ingenuo como para dejarse engañar. Era, prácticamente, un clon de Adrián.

—Cuando Rossi recién llegó, todos decían que nuestra empresa iba a ser su socio obligado. Por eso Fabián no se nos despegaba, estaba desesperado por sacar provecho de nuestra red de contactos, y ahora... —

Beto apretó los dientes, incapaz de ocultar su furia—. i Cómo da vueltas la vida!

Paulina, intimidada por el arrebato de Beto, preguntó

con cautela:

—Y entonces... ¿qué hacemos?

Si él necesitaba acercarse a Fabián, pero Fabián no quería saber nada de ella, ¿cuál sería el precio que Beto le obligaría a pagar?

La mirada de Beto presagiaba lo peor.

—De ahora en adelante te escondes. No te dejes ver, no llames la atención. Y en tus cuentas de redes sociales, más vale que nada de lo que publiques tenga que ver conmigo.

Paulina se puso roja de ira, pero no se atrevió a desafiarlo. Después de los gritos que le había pegado, ni siquiera se atrevía a llorar. Solo se quedó ahí

conteniendo las lágrimas, tragándose la humillación.

—Entonces... ¿ya no puedo ni salir? ¿Qué soy yo?

Beto la miró de reojo.

—Más te vale quedarte quieta —dijo entre dientes—.

Te lo advertí: si mi trato con Fabián se arruina, vas a pasarla muy mal. Yo no soy Adri, a mí no me importa esa carita tuya.

Presionó un poco más el cuchillo y Paulina sintió un leve ardor en la cara. Se quedó paralizada, sin atreverse siquiera a respirar, y dijo con la voz temblándole:

—¿No tienes miedo de que me deshaga del bebé?

Beto estalló en una carcajada desquiciada, como si hubiera escuchado el mejor chiste del mundo.

—¡Hazlo! ¡Corre, ve ahora mismo! ¡Ya tengo un hijo! Si quiero, tengo mujeres de sobra haciendo fila para darme otro.

Beto arrojó el cuchillo y se fue.

Paulina se levantó y se tocó la cara. En la punta de los dedos tenía un rastro de sangre. Asustada, corrió al espejo y vio un rasguño superficial cruzándole la mejilla. No sabía si le dejaría cicatriz.

Se miró en el espejo, desaliñada y patética, sin entender cómo todo había llegado a ese punto. En un arrebato de furia, barrió de un manotazo todo lo que había sobre el tocador y se desplomó en un mar de lágrimas.

Sin embargo, lo peor todavía estaba por venir.

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