Leonardo escuchó sin dar la menor muestra de miedo; al contrario, sonrió.
—¿Quiere que regrese a clase ahora?
El subdirector Beltrán reaccionó enseguida.
—Sí, sí, sí, vete ya. Leonardo, eres un buen muchacho; lleva a tus compañeros de vuelta al salón, no hagas estupideces ni arruines tu futuro.
A Yolanda eso no le hizo ninguna gracia.
—¿Qué insinúa? ¿Está amenazando a un alumno con una sanción? ¿Esa es su manera de resolver las cosas? Se lo digo desde ahora, no lo voy a permitir.
En ese momento, Yolanda pensaba exactamente lo mismo que Leonardo.
—Está bien, volvemos a clase —dijo Leonardo sonriendo.
El subdirector se alegró; estaba a punto de felicitarlo por ser más sensato que muchos profesores, cuando vio que Leonardo sacaba el celular.
—Déjeme llamar a la policía y vuelvo enseguida a clase.
—Tú… —Al subdirector le hirvió la sangre—. Leonardo, ¿estás empeñado en romper las reglas?
—¿Cómo se le ocurre, señor? —repuso Leonardo—. Desde niños nos enseñaron que, ante un problema, hay que acudir a la policía. ¿No es eso lo que estamos haciendo ahora, acudir a la policía porque tenemos un problema? No conozco ninguna ley que diga que llamar a la policía es faltar a las reglas. Si quiere, marco al número de emergencias y pregunto si un estudiante falta al reglamento por reportar algo a la policía.
—Bien, hagan lo que quieran. ¡Arréglenselas ustedes con el director! —El subdirector, furioso, se dio media vuelta y les indicó a Yolanda y a Olivia que lo siguieran a su oficina.
El director no estaba ese día; había salido a una reunión. El subdirector les pidió que se sentaran en su oficina. Olivia y Yolanda exigían que se revisaran las cámaras y se castigara con severidad a quien difundió los rumores.
Acorralado, al subdirector no le quedó más remedio.
—Bien, entonces vamos a la sala de monitoreo a revisar las grabaciones.

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Atrapante...