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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 543

Adrián ya no quería defenderse; solo arrugaba la frente pensando en cómo lograr que Olivia recobrara la calma, o al menos que durmiera de corrido cada noche.

Cortó muchas hojas de los árboles y se puso de acuerdo con Mercedes, Lorena y Santiago: en cuanto Olivia mostrara el más mínimo desasosiego mientras dormía, debían avisarle.

Santiago dudaba de ese método, pero en ese momento no le quedaba de otra que probarlo todo.

A las diez de la noche, Olivia llevaba apenas media hora dormida.

Nadie se atrevía a hacer ruido en toda la casa; hasta cuidaban la respiración, por miedo a despertarla.

Pero, de pronto, una sirena pasó aullando por la calle, y Olivia se tensó. En el sueño, la cara de Julián se agigantaba y le decía: “¿Cómo me lo vas a pagar? Te di tanto, ¿cómo me lo vas a compensar?”

A Olivia se le apretó el pecho y la respiración se le aceleró.

Entonces se escuchó un silbido hecho con una hoja.

Estaban silbando “Mi patria querida”.

Qué feo sonaba.

Tan feo que la cara de Julián se desvaneció.

La escena cambió: ahora ella estaba ensayando en la sala de práctica.

El distrito iba a celebrar un concurso, le tocaba montar un baile y la pieza era “Mi patria querida”. Esos muchachos eran insoportables: ya silbaban bastante mal, y encima con tal escándalo que tapaban la música. ¡No podía oír el ritmo!

Corrió hasta la ventana. Afuera el sol caía, y unas nubes encendidas, rojísimas, cubrían el cielo. En alguna parte habían florecido las gardenias, y el perfume entraba a bocanadas, mezclando un toque limpio y fresco en aquella tarde de comienzos de verano.

—¡Oigan! ¿Pueden dejar de silbar? ¡No escucho la música! —les gritó.

Y el sonido de las hojas volvió a sonar, y Olivia, otra vez tranquila, se hundió de nuevo en el sueño.

Esta vez durmió otras seis horas y despertó por sí sola a las diez de la mañana.

Para entonces, ya no era Lorena quien estaba en la habitación, sino Santiago.

Al despertar, Olivia notó un aroma a gardenias en la habitación. Olfateó el aire y entendió: con razón había soñado tanto con la preparatoria; era por ese perfume.

En aquel campus, en verano había gardenias y en otoño flor de azahar.

Cuando bailaba, la sala de ensayo siempre olía bien.

Santiago miró a su prima, que se despertaba sola, y pensó con desdén: “Ese desgraciado patán, después de todo, sí sabe lo que hace”.

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