Mientras la llamada se conectaba, la canción de cumpleaños inundó el salón.
Detrás de las pesadas puertas, las risas de los niños, los aplausos de los invitados y la voz exagerada del animador se filtraban en ecos que retumbaban por todo el pasillo.-
Valeria estaba de pie al final del corredor.
Le daba la espalda a todo ese alboroto, aún sosteniendo contra su pecho la caja del regalo que había hecho para Diego.
Al otro lado de la línea, la voz del licenciado Cortés sonó con cierta vacilación.
—Señora Castillo, ¿acaba de decir que quiere asesoría sobre un acuerdo de divorcio?
Valeria bajó la mirada.
La luz del pasillo era tan brillante que las venas del dorso de sus manos se marcaban con claridad. Sus dedos apretaban el borde de la caja con tanta fuerza que las yemas estaban completamente pálidas.
Escuchó su propia voz responder:
—Así es.
Hubo unos segundos de silencio del otro lado.
El licenciado Cortés había tratado con ella en un par de ocasiones. Sabía que era la esposa de Lorenzo Castillo y conocía perfectamente lo intocable que parecía ese matrimonio ante los ojos de la alta sociedad.
El presidente del Corporativo Médico Castillo y la hija mayor de la familia Montalvo.
Eran la pareja perfecta, de buenas familias y con un futuro brillante.
Cuando la gente hablaba de ellos, siempre decían lo afortunada que era Valeria por haberse sacado la lotería con un hombre como Lorenzo.
Pero si era afortunada o no, solo ella lo sabía.
El licenciado Cortés bajó el tono de voz:
—Señora Castillo, ¿está segura? Un acuerdo de divorcio implica la división de bienes conyugales, la custodia del menor, el régimen de visitas, además de las acciones del Corporativo Castillo y el patrimonio conjunto. Si esto es solo un arranque emocional...
—No es un arranque emocional.
Valeria lo interrumpió.
Al pronunciar esas palabras, ella misma se sorprendió un poco.
No podía creer lo tranquila que sonaba al admitirlo.



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