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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 215

—¿De qué están hablando ustedes dos?

Natán entró vistiendo un traje nuevo cuyo corte resaltaba su figura; un aura oscuro y misterioso emanaba de él.

Sebastián no acostumbraba a mentirle a Natán, por lo que optó por no responder.

Cristina, por su parte, sonrió y dijo:

—Le estaba diciendo a Sebastián que ya terminé de organizar los datos. ¿Quieres echarle un vistazo?

«Pero si apenas ha pasado una noche… ¿De verdad terminó de organizar todo el desastre de meses y meses de datos? ¡Eso es absurdo! Solo espero que no los haya arruinado más de lo que estaban».

Luego, Natán se acercó a la computadora y se inclinó para revisar los datos en la pantalla; su mirada se ensombreció después de un par de minutos.

Sebastián se percató de la expresión sombría en el rostro de Natán.

«¿Lo habrá arruinado más de lo que estaba?»

A continuación, se acercó titubeante; su corazón latía fuerte en su pecho.

—Señor Herrera, no se preocupe. Podemos contratar a alguien para que acomode estos datos.

Mientras decía esto, por accidente echó un vistazo a los números en la pantalla y, al segundo siguiente, se quedó con la boca abierta por la sorpresa.

Desde las transacciones hasta el tipo de cambio, todo estaba cuidadosamente ordenado en una hoja de cálculo.

El hombre quedó tan sorprendido que parecía que los ojos saldrían botando de su rostro.

—Señora Herrera, ¿usted hizo todo esto sola?

Cristina le devolvió una sonrisa orgullosa y soltó una risita; estaba muy complacida con su trabajo.

«Al parecer alguien no me creía capaz de procesar estos datos en una noche. Es contaduría básica. No es nada del otro mundo. Para un genio de las matemáticas como yo, ¡esto es pan comido!»

Santiago estaba rebosante de alegría. Todas esas cifras que tanto dolor de cabeza le causaban estaban organizadas y recogidas eficientemente en una hoja de cálculo.

—Señora Herrera, ¿en qué momento aprendió sobre contabilidad? —preguntó el hombre con curiosidad.

Cristina rio un poco y dijo:

—Desde pequeña se me han dado bien los números. Yo me pagué la universidad sola y, si no hubiese tenido un buen control de los números, de seguro alguien me hubiera podido engañar fácilmente.

Al oír esto, la expresión en el rostro de Natán se volvió aún más seria.

«No imagino qué tipo de vida tuvo con la familia Suárez que la llevó a ser tan calculadora».

Natán acarició con gentileza la mejilla de Cristina.

—Buen trabajo.

Sebastián concordó con el hombre y dijo:

—Señora Herrera, usted es asombrosa. Vaya que todos podremos sentirnos tranquilos de dejarla a cargo de la contabilidad del señor Herrera en el futuro.

Cristina sonreía con timidez; estaba sonrojada.

Sebastián organizó los documentos que estaban sobre el escritorio y dijo:

—Bueno, regresaré a la empresa y me encargaré de resolver algunos asuntos primero.

Las personas del departamento de finanzas aún no sabían que los datos ya estaban resueltos y Sebastián no podía esperar a volver a darles las buenas noticias.

Tras decir esto, pasó a retirarse y cerró la puerta detrás de él.

Cristina se dio un estirón; la luz de la mañana envolvía su delgada figura e iluminaba su piel de porcelana.

Natán masajeó su frente y preguntó:

—¿Qué quieres de recompensa?

«Es tan adorable. Quisiera darle lo mejor del mundo entero».

Cristina, por su parte, rodeó su cintura delgada con sus brazos y se acurrucó contra su pecho antes de contestar:

—Ya soy bastante suertuda de tener a un esposo tan atractivo como tú. No hay recompensa que se le compare.

Natán respondió con una dulce sonrisa al tiempo que la sostenía en sus brazos y caminaban hacia la puerta.

—Debes estar exhausta. Ve y descansa un momento. Pediré a los chefs que preparen algunos postres para más tarde.

Al oír la palabra «postres», Cristina recordó que le había prometido algo a Julia y exclamó:

—¡Hoy es el Día de Acción de Gracias! Tenemos que ir a comer la residencia Herrera.

Al fin, y después de mucho titubeo, Cristian contestó el teléfono.

La voz seductora de Linda se podía oír desde el otro lado de la línea diciendo:

—Cristian, te hice tu pai de calabaza favorito. Solíamos comerlo juntos en cada Día de Acción de Gracias. Te extraño.

La cautivante voz de la mujer se oía fuerte y claro a través del teléfono, cosa que hacía que a Cristina se le hiciera la piel de gallina.

«Vaya que esta mujer sabe cómo persuadir a un hombre».

Discreta, Cristina dirigió su mirada a Cristian y se preguntaba si el hombre terminaría por ceder.

Julia, sin embargo, colocó su tenedor sobre la mesa y, con una expresión gélida, dijo:

—Hace mucho que ustedes dos no se ven. De seguro la extrañas mucho. Adelante. Vete si quieres verla.

Julia era una mujer que jamás rogaría por amor ni atención ni tampoco estaría cómoda con recibir amor deshonesto resultado de un lastimoso implorar.

Al notar la actitud de Julia hacia Cristian, Cristina frunció el ceño.

«Está alejando a su esposo con esa manera de hablar. Lo mejor es decir las cosas con calma y así aliviar la tensión. Dicho esto, la señora Herrera siempre ha sido una mujer orgullosa y jamás cedería con facilidad».

La voz de linda continuaba desde el otro lado de la línea:

—Vamos, Cristian. Ven. Ella ya te dio permiso. Haré la mesa y esperaré por ti.

En ese momento, Linda pensó «Sé lo terca que puede ser Julia. Si la sigo llevando al límite, puede que hasta me deje quedarme con Cristian».

La atmósfera cálida que llenaba la habitación se dispersó de a poco y fue reemplazada por silencio.

Natán era el único que seguía tranquilo y sin mostrar expresión alguna; era como si ya estuviese acostumbrado a tales escenarios. Para él, la ausencia o presencia de Cristian le daba igual.

Justo cuando todos esperaba a que Cristian se fuera, el hombre por fin rompió el silencio y dijo:

—Ya te dije que no podemos vernos más. Que disfrutes tu cena con Francisco. Adiós.

Con eso, colgó el teléfono sin una onza de titubeo.

Su respuesta superó las expectativas de todos los presentes. Incluso Cristina se preguntaba si no se lo había imaginado.

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