Zacarías estaba muy agradecido.
—Gracias. Me aseguraré de mantenerla a raya.
Luego, después de un momento de silencio, Cristina dijo:
—Señor Silva, deseo renunciar.
Las palabras de Julia la habían inspirado muchísimo. Quizás ya era hora de que se armara de valor y diera el primer paso.
Zacarías se quedó callado un momento.
Cristina era una diseñadora demasiado talentosa y Zacarías no estaba dispuesto a dejar ir un talento así. Sin embargo, que mencionara esto ahora significaba que Cristina seguía sintiéndose fuera de lugar.
—Estoy dispuesto a ofrecerte diez por ciento de las acciones del Corporativo Radiante. Por favor, considéralo un momento y me das tu respuesta cuando estés lista.
—De acuerdo —respondió Cristina y terminó la llamada.
La verdad era que todavía tenía que consultar la opinión de Natán con respecto a iniciar su propia empresa. Además, ella no quería usar el dinero de los Herrera; sus ahorros le bastaban para establecer una empresa pequeña.
Después del incidente en la pasarela, Sheila no volvió a mostrar la cara en el Corporativo Radiante.
Aunque Cristina terminaba su trabajo temprano todos los días, pasaba el resto del tiempo el taller de costura completando los diseños para las últimas temporadas.
Si bien ya había decidido renunciar, eso no significaba que no se tomaría su trabajo en serio.
Esa mañana, el chisme comenzó temprano en la oficina.
Tan pronto Cristina entró a las instalaciones, las expresiones en los rostros de los presentes se volvieron algo incómodas.
—¿Qué sucede? ¿Por qué esas caras?
Pero sus compañeros de trabajo solo apagaron las pantallas de sus dispositivos y pretendieron que todo estaba bien.
Confundida, Cristina entró a su oficina y, sin siquiera buscar, vio que la pantalla estaba llena de títulos de artículos que hablaban sobre ella.
«La esposa del señor Herrera pasa sus días en el bar. ¡Se vendía al mejor postor!»
«¡La mujer, ahora casada con una familia rica, solía ser toda una coqueta! ¡pasó años seduciendo hombres en un bar!»
«Historia detallada sobre cómo la señora Herrera alcanzó la fama».
El delicado semblante de Cristina se tornó serio.
«¿Qué pasaba mis días en el bar? ¿Venderme al mejor postor? ¡Solo trabajé medio tiempo en ese lugar!»
Alguien había hecho todo un drama de cuando Cristina tuvo que suplir a Pavorreal en aquel club.
Los artículos eran sumamente obscenos. Cada uno incluía una foto de ella y describían los asuntos de una manera que parecía convincente y realista. Además, miles de personas ya vieron los artículos y la sección de comentarios estaba inundada de insultos.
Cristina estaba furiosa.
«¿Habrá sido una simple equivocación o es alguien activamente buscando atacarme?»
Su teléfono comenzó a sonar; era Brenda.
La mujer sonaba muy preocupada desde el otro lado de la línea.
—Cristina, esto es porque humillaste a Sheila y ¡ahora está gastando millones contratando personas para difamarte! ¡Las mujeres como ella son unas arpías!
Como una internauta experimentada, Brenda había logrado encontrar al responsable detrás del circo casi de inmediato.
La mirada de Cristina expresaba hostilidad.
Como era de esperarse, todo esto era culpa de Sheila.
—Está intentando provocarme por haberla expuesto como imitadora de Ada.
Brenda ya había visto las noticias, así que estaba al tanto de lo ocurrido.
—Son escritores fantasma. Yo puedo deshacerme de ellos en un santiamén. No te preocupes —dijo Brenda, quien también estaba furiosa.
Aunque no podía ser de gran ayuda en el mundo real, su fuerte era el mundo digital.
—¡Gracias, Brenda!
Las palabras de su amiga la conmovieron. Si bien ambas eran personas muy ocupadas con sus propias vidas, Brenda siempre estaba disponible para ella sin importar nada.
Brenda soltó una carcajada.
—No seas tan educada. ¡Somos amigas! Vas a hacer que me enoje contigo.
Con esto, la nube negra que asechaba a Cristina se disipó.
Tan solo unos segundos después, Brenda exclamó:
—¿Estás bien? Natán, ¿por qué empujaste a Brenda? —preguntó con tono preocupado.
Si bien Natán no sabía mucho sobre Brenda, sí recordaba que ella era una mujer.
«¿Este hombre frente a mí es Brenda?»
Brenda se reincorporó y, tras quitarse la gorra, por fin reveló su rostro.
—Señor Herrera, ¿acaso pensó que era hombre y se puso celoso?
«¿Cómo puede ponerse celosos de algo así?»
—No es mi culpa que te vistas con un estilo tan andrógino —replicó Natán un tanto tosco y luego acompañó a Cristina a la mesa.
Cristina se moría de vergüenza.
—No es más que un malentendido. Brenda, tú come todo lo que quieras. No le hagas caso a este hombre.
Después del empujón, Brenda no se sentía muy cómoda.
—¡Claro que comeré más!
Con todo, terminó comiendo muy poco y se la pasó pelando camarones y cortando piezas de carne para Cristina, dejando así a Natán sin mucho qué hacer.
Todo esto lo hizo mientras mantenía su vista en el hombre, quien no podía hacer más que arder en celos. Brenda no podía sentirse más satisfecha.
—Cristina, necesito hacer algunas compras en un rato más. Me puedes acompañar ya que termines de comer —invitó Brenda a Cristina al tiempo que se acercaba mucho a la cara exquisita de la mujer.
—Ya terminé. ¿Por qué no vamos de una vez?
—Bien por mí.
—Tómate tu tiempo con la comida —dijo Cristina a Natán antes de abandonar el lugar acompañada de Brenda agarradas de las manos.
Natán estaba más que furioso de que lo abandonaran de esa manera; quería hasta golpear una pared.
—Sebastián, averigua si a Brenda le gustan las mujeres. ¡Dime todo lo que encuentres sobre sus relaciones pasadas!
Ante tal orden, Sebastián apenas y pudo reaccionar.
«¿El señor Herrera está celoso de una mujer?»

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi esposo es mi amante secreto?