Cristina suspiró de alivio hasta que terminó la llamada.
―¿Era tu novio? ―preguntó Benjamín.
―Eh… Era mi novio ―dijo Cristina sonrojada, sintiendo un poco de timidez.
Casi nunca hablaba de Natán con desconocidos porque atraía demasiada atención. Además, no quería llamar la atención de personas con intenciones ocultas.
―Vaya. Pensé que eras menor de edad y resulta que estás casada ―dijo Benjamín, como si hubiera descubierto un hecho interesante.
Era entendible que pensara eso, pues tenía una piel bonita y sonreía de una forma que dejaba encantados a todos. No era una exageración decir que cualquiera se enamoraría de ella a primera vista.
―Anunciarán los detalles de la siguiente ronda mañana. Deberías dormir temprano ―dijo Cristina antes de dejar su taza vacía y levantarse para irse. Al verla, Benjamín abrió la puerta y señaló hacia la puerta.
―Buenas noches.
―Hasta mañana.
Una vez en su habitación, Cristina dejó de pensar en la protesta.
«Se irán cuando se cansen. De cualquier forma, todos deben trabajar. No pueden matarse de hambre y quedarse en la entrada a protestar»
Cristina se metió a la cama y pronto se quedó dormida. A medianoche, los gritos unísonos de afuera entraron a la habitación.
―¡Retírate de la competencia, Cristina! ¡Retírate!
Las personas gritaban en sincronía y sus voces se volvían más fuertes con cada grito. Pronto, todos en la casa se despertaron. Varias diseñadoras se apresuraron a la puerta de Cristina para decir:
―¡Eres una maldición, Cristina! ¡Hazte cargo de tu problema ahora!
―¿Cómo se supone que vamos a dormir con todo este ruido?
En cuanto Cristina abrió la puerta, se encontró con muchas miradas que la observaban como si quisieran devorársela. Aun así, no había nada que Cristina pudiera hacer sobre los protestantes, pues ella no se lo había buscado. Natalia se encontraba frente a la multitud de diseñadores y amenazó:
―Deshazte de esas personas ahora o retírate de la competencia.
―Sí, ¡tu problema nos está afectando! ―dijo Margarita con un tono de desagrado mientras miraba intensamente a Cristina.
Las palabras exageradas de las mujeres hicieron que el resto de las diseñadoras estuvieran de acuerdo en que Cristina debía salir de la competencia o deshacerse de las personas afuera. Las críticas hicieron que Cristina se sintiera sofocada, pero no podía solo ignorar el asunto. Después de todo, ella era la causa de todo eso.
―Lo hablaré con los guardias de seguridad ―dijo Cristina antes de abrigarse y bajar las escaleras.
Cuando encontró a los guardias, preguntó:
―¿Por qué no los echan? El ruido está afectando a los demás.
«¿Cómo es posible que esas personas estén en medio de la calle durante todo un día cuando hace tanto frío? ¿Les están pagando por hacer esto?»
Por desgracia, el guardia le respondió con exasperación:
―No tenemos otra opción. Todo lo que está afuera de la mansión es propiedad pública. Es inútil llamar a la policía mientras no hagan nada ilegal en zonas públicas.
A decir verdad, si los guardias tuvieran autoridad de hacer algo al respecto, ya se hubieran deshecho de la multitud. Cristina suspiró y sintió impotencia al observar al grupo de personas gritando más fuerte que antes.
«Supongo que debería llamar a Natán. Después de todo, él es mi esposo. Asuntos triviales como estos deberían poder resolverse si pido su ayuda»
Así, Cristina se giró y se acercó a la puerta. Para su desgracia, Margarita había involucrado para que los demás diseñadores cerraran la puerta con seguro.
―¿Acaso perdieron la cabeza? ¡Abran la puerta ahora! ―gritó Benjamín con todas sus fuerzas mientras golpeaba la puerta.
Benjamín tenía los ojos rojos. A él no le importaba su situación, sino que le preocupaba el frío que Cristina debía estar pasando al estar afuera con solo su pijama delgada.
«Anoche le prometí ser como su hermano mayor. Ahora, no puedo ayudarla cuando está en problemas»
Las mujeres de afuera chocaron los cinco, como si hubieran tenido victoria.
―¡Bien hecho, chicas!
Luego, Natalia llevó a los demás al primer piso. Ahora que las personas que más odiaba estaban encerradas, no podía sentirse más feliz.
―Vamos a la cocina y tomemos un trago para celebrar esta noche tan tranquila y maravillosa ―sugirió Margarita.
Al escucharla, el resto se dirigió a la zona del comedor. Todas se sentían orgullosas de estar en la misma situación. Poco después, sacaron las cervezas del refrigerador y las abrieron antes de que cada una tomara una botella y la alzara para brindar. Intercambiaron miradas alegres, pues habían formado una alianza después de eliminar al enemigo que tenían en común. Mientras se divertían, no se dieron cuenta de que la cámara en la esquina estaba grabando cada momento.
La briza fría soplaba sin parar afuera, provocando que los dedos de Cristina se sintieran congelados en tan poco tiempo. Lo peor no era que estaba afuera en pijama, sino que no tenía su teléfono. Sentía impotencia y no tuvo opción más que acercarse a los guardias de seguridad para pedirles un teléfono. Ellos se sintieron mal al ver su rostro congelado. Sin embargo, justo unos minutos atrás habían recibido una llamada del director y les informaron que estaban grabando la escena en vivo. No tenían permitido prestar sus teléfonos por el bien del programa.
―Lo siento. Nos van a despedir si te lo prestamos.
―Disculpa. Esto se está trasmitiendo y no te lo podemos prestar.
«Tonterías. ¿Todo esto es por el programa de nuevo? Al director no le interesa mi bienestar»
La temperatura estaba casi bajo cero. Aunque Cristina llevaba pijama de lana, seguía estando frío al no tener calefactores alrededor. No tuvo opción más que caminar de vuelta a la entrada y observarla con frialdad.
«Están causando un alboroto. Estoy segura de que Benjamín se enterará y encontrará una manera de ayudarme»

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