Sebastián se quedó de pie torpemente en el umbral de la puerta con ambas manos llenas de comida; lo único que deseaba era que la tierra se abriera y se lo tragara.
—Señor Herrera, aquí está su comida.
El semblante de Natán era gélido y su mandíbula estaba rígida.
—Bien —respondió.
A lo que Sebastián colocó casi de manera automática toda la comida sobre la mesa y se excusó para irse; pronto, la habitación volvió a quedarse en silencio.
—¿No dijiste que tenían hambre? Deberías salir de la cama y comer —sugirió Natán.
Ella asomó la cabeza por debajo de las mantas y se dio cuenta de que ya no había nadie, entonces su estómago volvió a gruñir al ver todos sus platillos favoritos sobre la mesa. Cristina estaba hambrienta, había perdido el apetito durante el tiempo que estuvo enferma, además, se había desmayado luego de que la atacaron, así que hacía dos días que no comía.
La chica se llevó un trozo de carne a la boca, pero ni siquiera tenía oportunidad de saborearla porque la engullía como si no hubiera mañana.
—Cariño, no me veas y come —dijo ella mirando a Natán.
Natán no se había separado de su lado en los últimos días y comía mucho menos que ella.
—No tengo hambre, estoy bien con verte disfrutar de la comida —dijo él preguntándose si las porciones que pidió serían suficientes para ella.
En eso, Cristina le sirvió un trozo de carne que había mordido.
—Es que comer sola no tiene sentido, me gusta cuando compartimos estos momentos, tu simple presencia hace que soportar mis heridas sea más sencillo —dijo ella y le guiñó un ojo.
Cristina sintió que recuperó la energía luego de comer con Natán, incluso podía moverse libremente por el lugar siempre y cuando que no se tocara la herida por accidente.
La policía llamó al día siguiente y le pidieron a Cristina que se presentara en la comisaría para confirmar la identidad del sospechoso.
Natán le acarició el cabello con cuidado y le dijo:
—Yo iré contigo, así que no tengas miedo.
Sus ojos se oscurecieron al pensar en el hombre que había lastimado a Cristina.
«Ojalá pudiera desmembrarlo y tirar su cuerpo al abismo», pensó él.
La sed de sangre y venganza en sus ojos fue sustituida rápidamente por una mirada serena. Cristina miró hacia el suelo y emitió un sonido ahogado, ni siquiera se dio cuenta del sutil cambio en la mirada del hombre. Como víctima, seguía estremeciéndose al pensar en los rasgos del agresor. Natán la abrazó mientras ella se sumía en sus pensamientos apoyando su rostro sobre su cálido y fuerte pecho; al escuchar los latidos de su corazón sintió que todos sus miedos de repente desaparecían.
Cristina se planteó la posibilidad de realizar los trámites necesarios para que la dieran de alta, ya que, de cualquier manera, tenía que salir del hospital. Sin embargo, Natán no estaba de acuerdo con ella, él creía que debía quedarse unos cuantos días más, como su horario de trabajo era muy flexible, no tenía por qué regresar tan pronto.
Por lo que Cristina se agarró de su brazo e hizo un puchero.
—Es que no me gusta el olor a desinfectante, ni tampoco me puedo acostumbrar a la cama de aquí, mejor déjame ir a casa, ¿sí? —dijo ella mientras restregaba su rostro en el brazo de Natán. La esperanza en sus ojos era obvia y creía que él sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de hacerla feliz.
Al final, Natán no tuvo más opción que aceptar. Una vez que Cristina recibió el alta, se dirigieron a la comisaría; la policía se encargó de que ella pudiera identificar al sospechoso una vez que explicaron el motivo de su visita. Fue así que la llevaron a una sala dividida en dos secciones por un gran cristal; entonces, la policía le pidió a Cristina que señalara sin temor al sospechoso, ya que el cristal era un espejo unidireccional, por lo que no se darían cuenta de que ella estaba del otro lado.
Natán estaba de pie junto a ella para brindarle seguridad. Cristina tenía el corazón acelerado cuando levantó la mirada e inmediatamente identificó a un hombre vestido con una chaqueta amarilla, como la que el agresor traía esa noche.
—¿Está segura de que es él? —preguntó el oficial.

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