A Cristina le hirvió la sangre.
«¿Qué ya lo habló con Sara? ¿Quién cree que soy? ¡Es repugnante por sí solo que se atreva a ponerme un precio!»
El semblante de Cristina se volvió frío y dijo:
—Señor Echavarren, me parece que se dio una idea incorrecta de la situación. Yo no soy propiedad de Sara. Lo que sea que usted haya acordado con ella, no tiene nada que ver conmigo. Le voy a pedir que se retire.
Esta respuesta de la mujer solo exasperó más a Lorenzo.
—Ya déjate de juegos. Mi oferta es muy buena. ¡Qué importa que hayas ganado el primer lugar de la competencia! Sin el apoyo de alguien o que se te presente una oportunidad como esta, no hay manera en que puedas alcanzar el éxito fuera de este estudio.
«¡El que sea mi tipo de mujer no le da el derecho de querer hacerse la difícil conmigo!»
En un principio, Cristina había optado por la opción más educada de pedirle que se fuera, pero no esperaba que el sujeto terminara de cruzar la línea.
Entonces, suponiendo que tal vez no había sido lo suficientemente clara, Cristina tomó la tarjeta de panco que estaba sobre la mesa y, con una mirada penetrante, la partió en dos frente a Lorenzo.
—¡Lárguese!
Por el tono serio de su voz, estaba claro que no estaba jugando. Si tuviese una escoba a su alcance, sacaría a Lorenzo de su estudio a escobazos.
—¡Maldita perra! —respondió el hombre de manera amenazadora.
Esta era la primera vez que se veía humillado por una mujer joven.
Luego, Lorenzo se abalanzó sobre Cristina con una mirada traicionera diciendo:
—¡Bien! Si quieres más, te pagaré más. ¡Te pagaré lo que quieras! ¡Ahora, flojita y cooperando!
—¡Qué cooperando ni qué nada!
Asustada, Cristina clavó la aguja en la mano de Lorenzo, quien gritó como puerco:
—¡Ah! ¡Mi mano!
Pero antes de que pudiera reaccionar, Cristina tomó todas las agujas que estaba sobre la mesa y comenzó a clavarlas en el cuerpo del hombre.
—¡Maldito! ¡¿Cómo te atreves a querer aprovecharte de mí?! ¡Muere!
Tras oír la conmoción, Rita se apresuró a regresar al taller donde se topó con un Lorenzo cayendo al piso; el hombre estaba haciendo muecas de dolor y su rostro estaba todo hinchado.
—Jefa, ¿qué pasó?
Con las manos en la cintura, Cristina explicó molesta:
—Intentó aprovecharse de mí, así que le di su merecido.
Mientras Lorenzo, con mucho trabajo, se ponía de pie, gritó con voz temblorosa:
—¿Cómo te atreves a atacarme? ¡Llamaré a la policía!
Tras comprender que fue Cristina quien atacó al hombre, Rita pensó que meter a la policía en esto traería problemas.
—Usted ya venía con malas intenciones. Incluso si llama a la policía, ellos no se pondrán de su lado. Si sabe lo que le conviene, ¡se largará en este momento! —dijo Rita nerviosa; no tenían pruebas de que Lorenzo comenzara el altercado.
—¿Me largo? ¡De ninguna manera!
Todo ensangrentado, Lorenzo hizo una llamada.
A diferencia de Rita, Cristina estaba en completa calma.
Mientras esto ocurría, Natán estaba revisando documentos en su oficina al tiempo que Magdalena preparaba un informe de progreso.
La mujer mantenía contacto visual; su corazón se aceleraba cada que tenía que acercarse para hablar con el hombre.
De la nada, Sebastián entró a la oficina, interrumpiéndolos. Luego, caminó al lado de Natán y le susurró:
—Señor Herrera, la policía llamó diciendo que la señora Herrera atacó a alguien-
Pero antes de que pudiera terminar, Natán lo interrumpió y dijo:
—Prepara el auto.
Su reacción tomó un poco de sorpresa a Sebastián, pero no tardó en recuperar la compostura.
Cristina, quien estaba sentada en una banca de madera concentrada en terminar su diseño en su tableta, dijo a Rita:
—Tranquilízate y toma asiento. El hombre va a retractarse en un rato más.
Cristina actuaba como si este asunto no tuviera nada que ver con ella y pensaba que Rita se estaba ahogando en vaso de agua.
Poco antes de que tomaran su declaración, Lorenzo recibió una llamada que hizo que su expresión sufriera un cambio drástico, llamada que duró menos de un minuto.
Apenas hace un momento estaba entusiasmado describiendo cómo Cristina intentando seducirlo, pero ahora parecía que estaba teniendo problemas para sacar las palabras de su boca.
Ante esto, el oficial que estaba tomando su declaración levantó la vista para mirar el rostro del hombre, quien estaba pálido, como si hubiese visto un fantasma.
—¿Por qué se detiene?
Lorenzo estaba sudando frío.
La llamada que había recibido hace un par de minutos era de su asistente informándole que alguien había amenazado en enviar a la policía pruebas de evasión de impuestos de su empresa si seguía contando mentiras. De ocurrir esto, todas sus fábricas serían clausuradas. Y por si eso fuera poco, el presidente ejecutivo del Corporativo Herrera había expresado su interés en tomar control de su empresa.
Esto era claramente una amenaza.
«¿Cuándo ofendí al Corporativo Herrera? ¿Por qué me advierten que tenga cuidado con lo que digo?»
Lorenzo dirigió su mirada a la delgada figura de Cristina.
Desde que entraron al lugar, ella se ha estado comportando de manera indiferente y ha ocupado su tiempo en trabajar en su tableta.
«¿Estará siendo protegida por alguien poderoso? Pero esto no tiene sentido. Las malas lenguas dicen que el señor Herrera no se acerca a ninguna mujer ni lo he visto acompañado de ninguna».
Confundido por la situación, Lorenzo no iba a atreverse a arriesgar sus bienes por un asunto tan trivial. Así, después de pensarlo un poco, preguntó con tono tímido:
—Oficial, ¿puedo retirar mi denuncia? Nada de lo que dije es verdad. Olvidémoslo, ¿sí?
Tan pronto el hombre pronunció estas palabras el oficial de policía azotó su pluma contra la mesa.
—¿Qué significa esto? ¿En dónde cree que está? ¿De verdad cree que puede venir aquí y levantar una denuncia falsa? ¡Le advierto que eso también es un crimen!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi esposo es mi amante secreto?