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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 279

Sin mucho esfuerzo, Natán jaló a Cristina a su lado y dijo:

—Ya se hizo tarde. Puedes retirarte. Terminaremos este tema mañana temprano.

Magdalena se sintió algo molesta mientras miraba frente a ella el contrato que seguían sin terminar de discutir.

«En otros tiempos, el señor Herrera insistiría en terminar el trabajo antes de pensar en tomar un descanso. En cambio, ahora, deja todo el trabajo de lado solo para estar con Cristina. Ya perdí la cuenta de las excepciones que ha hecho por ella» …

No obstante, sin importar qué tan molesta estaba, no tenía más opción que aguantarse.

—Entendido —respondió al tiempo que recolectaba los documentos que estaban sobre el escritorio antes de retirarse.

Para este momento, Cristina ya se sentía un tanto soñolienta y, al ver que ya estaban solos en el estudio, se acurrucó en el pecho musculoso de Natán; la calidez que se desprendía del cuerpo del hombre la envolvió por completo, cosa que parecía disfrutar mucho.

—Cárgame de regreso a la recámara.

Acostumbrada a que la consintieran, Cristina aprovechaba cada oportunidad para que Natán la cargara.

Por supuesto, Natán no tenía problema alguno haciendo esto.

El hombre le pellizcó la nariz de manera juguetona y la cargó de regreso a la recámara.

El cumpleaños de linda estaba ya a la vuelta de la esquina.

La mujer había estado llamando a Cristian varias veces, pero la llamada parecía no conectar sin importar cuántas veces lo intentara.

Lo único que se le ocurría que podría estar pasando era que tal vez le había bloqueado las llamadas, cuestión que la irritaba de solo pensarlo.

Linda no estaba dispuesta a dejar que la desecharan de esa manera y se decidió a hacer algo al respecto.

Puesto que el vestido ya estaba listo, Cristina decidió entregarlo personalmente a la puerta de su casa.

Linda pensó que Cristina podría ayudarla con su situación, por lo que ordenó a la ama de llaves a que convenciera a la chica de quedarse un rato más.

Cristina supuso que Linda quería probarse el vestido y, como no tenía prisa, aceptó esperar.

—Aquí tiene, señorita Suárez. Tome un poco de té en lo que la señora Mendoza se prueba el vestido.

Cristina aceptó la taza de té de manzanilla y tomó un sorbo.

«Mmm… Qué rico».

Diez minutos después, Linda salió con el vestido puesto y dijo satisfecha y sonriente:

—Cristina, hiciste un trabajo excelente. Me queda perfecto y no hay necesidad de alteraciones ni nada.

Los adornos florales que Cristina había bordado sobre el vestido le daban un toque elegante y majestuoso.

—Me alegro mucho de que le gustara. ¿Hay algo más con lo que le pueda ayudar? Si no es así, pasaré a retirarme —dijo Cristina mientras se ponía de pie, pero se sintió mareada de la nada.

«Mmm… Qué extraño. ¿Serán mis niveles de azúcar?»

Linda dio un paso al frente y la tomó de la mano para luego preguntar:

—Mañana es mi cumpleaños. ¿Y si te quedas a celebrar conmigo?

Su voz se oía tan gentil; hasta parecía que era otra persona.

—Podría regresar mañana. Todavía tengo trabajos pendientes, así que será mejor que me vaya.

Cristina estaba intentando soltarse del agarre de Linda, pero se dio cuenta de que no contaba con la fuerza suficiente para siquiera mover su mano.

Claro que a Linda no le importaba si quería quedarse o no e insistió en llevar a la mujer a la habitación.

—El trabajo puede esperar. Solo quédate aquí como mi invitada. ¡Voy a cuidarte muy bien!

«¡Siempre y cuando logre mantener a Cristina aquí, es casi seguro que Cristian vendrá a buscarla!»

Tras sentir que su mareo empeoraba, Cristina se dio cuenta de que algo andaba mal.

«Estaba bien esta mañana… ¡El té! ¡No puedo creer que Linda haya adulterado mi bebida con tal de mantenerme aquí!»

Luego, dos sirvientas arrastraron el cuerpo sin fuerzas de Cristina a la recámara de huéspedes.

—Ya te dije que a lo mucho podemos ser amigos. No tengo interés de tener una relación romántica contigo.

Su vida había mejorado de manera significativa desde que dejó a Linda, comenzando por no tener que preocuparse por dos familias.

«¡Sé que lo que hice con Linda estuvo mal, pero no hay nada más que pueda hacer ahora!»

Sus palabras tajantes se sentían como un puñal en el pecho de Linda.

—¡No me importa! ¡Quiero verte ahora! ¡Y si te preocupa la seguridad de Cristina, más te vale que no hagas un escándalo! —exclamó la mujer antes de colgar el teléfono rápidamente.

Ella estaba segura de que Cristian se preocupaba mucho por Cristina, por lo que confiaba en que no haría nada impulsivo.

De inmediato, Cristian intentó regresarle la llamada, pero Linda lo ignoró.

«¡Cómo se atreve a amenazarme con la vida de Cristina! ¡No puedo creer que se haya atrevido a ir tan lejos con tal de obligarme a regresar con ella! ¿Cómo fue que no me di cuenta antes que Linda era una mujer tan despiadada?»

Cristian golpeó su puño contra la mesa; su rostro reflejaba claramente la ira que lo consumía.

El hombre no quería perder ni un segundo más y salió rápidamente de su oficina.

El cielo de esa tarde era hermoso con las nubes teñidas de rojo por el sol del atardecer.

Linda se había esforzado mucho por arreglarse para Cristian. No solo se puso algo de rubor en las mejillas, sino que también se puso un vestido pegadito que acentuaba su increíble figura y se recogió el cabello en un rodete.

No parecía ser una mujer de cincuenta años.

La verdad es que, con tal de no perder ante Julia, Linda se esforzaba mucho por mantener su figura.

Con todo, y sin importar nada, el hombre que amaba la abandonó por igual.

Mientras observaba su reflejo en el espejo, Linda se sentía un tanto conflictuada.

No fue sino hasta que uno de sus sirvientes llegó para avisarle de la llegada de Cristian que logró regresar a sus cinco sentidos.

Acto seguido, Linda se levantó de su lugar y esbozó una sonrisa ligera al tiempo que bajaba las escaleras.

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