Sin mucho esfuerzo, Natán jaló a Cristina a su lado y dijo:
—Ya se hizo tarde. Puedes retirarte. Terminaremos este tema mañana temprano.
Magdalena se sintió algo molesta mientras miraba frente a ella el contrato que seguían sin terminar de discutir.
«En otros tiempos, el señor Herrera insistiría en terminar el trabajo antes de pensar en tomar un descanso. En cambio, ahora, deja todo el trabajo de lado solo para estar con Cristina. Ya perdí la cuenta de las excepciones que ha hecho por ella» …
No obstante, sin importar qué tan molesta estaba, no tenía más opción que aguantarse.
—Entendido —respondió al tiempo que recolectaba los documentos que estaban sobre el escritorio antes de retirarse.
Para este momento, Cristina ya se sentía un tanto soñolienta y, al ver que ya estaban solos en el estudio, se acurrucó en el pecho musculoso de Natán; la calidez que se desprendía del cuerpo del hombre la envolvió por completo, cosa que parecía disfrutar mucho.
—Cárgame de regreso a la recámara.
Acostumbrada a que la consintieran, Cristina aprovechaba cada oportunidad para que Natán la cargara.
Por supuesto, Natán no tenía problema alguno haciendo esto.
El hombre le pellizcó la nariz de manera juguetona y la cargó de regreso a la recámara.
El cumpleaños de linda estaba ya a la vuelta de la esquina.
La mujer había estado llamando a Cristian varias veces, pero la llamada parecía no conectar sin importar cuántas veces lo intentara.
Lo único que se le ocurría que podría estar pasando era que tal vez le había bloqueado las llamadas, cuestión que la irritaba de solo pensarlo.
Linda no estaba dispuesta a dejar que la desecharan de esa manera y se decidió a hacer algo al respecto.
Puesto que el vestido ya estaba listo, Cristina decidió entregarlo personalmente a la puerta de su casa.
Linda pensó que Cristina podría ayudarla con su situación, por lo que ordenó a la ama de llaves a que convenciera a la chica de quedarse un rato más.
Cristina supuso que Linda quería probarse el vestido y, como no tenía prisa, aceptó esperar.
—Aquí tiene, señorita Suárez. Tome un poco de té en lo que la señora Mendoza se prueba el vestido.
Cristina aceptó la taza de té de manzanilla y tomó un sorbo.
«Mmm… Qué rico».
Diez minutos después, Linda salió con el vestido puesto y dijo satisfecha y sonriente:
—Cristina, hiciste un trabajo excelente. Me queda perfecto y no hay necesidad de alteraciones ni nada.
Los adornos florales que Cristina había bordado sobre el vestido le daban un toque elegante y majestuoso.
—Me alegro mucho de que le gustara. ¿Hay algo más con lo que le pueda ayudar? Si no es así, pasaré a retirarme —dijo Cristina mientras se ponía de pie, pero se sintió mareada de la nada.
«Mmm… Qué extraño. ¿Serán mis niveles de azúcar?»
Linda dio un paso al frente y la tomó de la mano para luego preguntar:
—Mañana es mi cumpleaños. ¿Y si te quedas a celebrar conmigo?
Su voz se oía tan gentil; hasta parecía que era otra persona.
—Podría regresar mañana. Todavía tengo trabajos pendientes, así que será mejor que me vaya.
Cristina estaba intentando soltarse del agarre de Linda, pero se dio cuenta de que no contaba con la fuerza suficiente para siquiera mover su mano.
Claro que a Linda no le importaba si quería quedarse o no e insistió en llevar a la mujer a la habitación.
—El trabajo puede esperar. Solo quédate aquí como mi invitada. ¡Voy a cuidarte muy bien!
«¡Siempre y cuando logre mantener a Cristina aquí, es casi seguro que Cristian vendrá a buscarla!»
Tras sentir que su mareo empeoraba, Cristina se dio cuenta de que algo andaba mal.
«Estaba bien esta mañana… ¡El té! ¡No puedo creer que Linda haya adulterado mi bebida con tal de mantenerme aquí!»
Luego, dos sirvientas arrastraron el cuerpo sin fuerzas de Cristina a la recámara de huéspedes.



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