—Si tienes mal el cerebro, ve al neurólogo.
Para no hacer esperar a la anciana, Verónica no quiso seguir discutiendo con esos «locos» y se dio la media vuelta para irse.-
—¡Tú espera ahí...!
La ira de Federico se le subió hasta la coronilla; quería detener a Verónica para darle una buena lección, pero se quedó pasmado en el instante en que vio su espalda.
El vestido de cóctel, hecho a la medida, envolvía perfectamente la figura de proporciones irreales de Verónica.
Cabello liso cayendo en cascada, hombros delicados, caderas firmes y, sobre todo, esa cintura tan fina que parecía que podía romperse con un abrazo.
Con cada paso, se movía con una gracia y un ritmo que hipnotizaba. Era un espectáculo.
Incluso de espaldas, era suficiente para llegarle al corazón a cualquier hombre.
Al pensar que un mujerón así, a quien nunca había tocado, estaba a punto de convertirse en su exesposa, Federico sintió de repente una oleada de arrepentimiento.
Irene, que estaba en sus brazos, notó la mirada de Federico y, no pudiendo reprimir más su ira, lo empujó y se quiso ir.
—Fede, ¿qué tanto miras? Ya hiciste enojar a Irene.
Aimar sacudió a Federico varias veces hasta que él volvió en sí, le lanzó una mirada de molestia a Verónica y fue tras Irene:
—Mi buena cuñada, espérame...
En ese momento, en el enorme solárium, Belén estaba completamente sola.
Estaba recargada en una silla de madera tallada con el ceño fruncido, mirando hacia la puerta de vez en cuando.
En cuanto vio a Verónica, sus ojos se iluminaron y se levantó para recibirla.
—Vero, mi niña adorada, te han hecho sufrir.
—Belén, no diga eso.
Verónica se apresuró a ayudar a la anciana a sentarse y se agachó para darle un masaje en las piernas.
—Refrescó el clima, ¿le duelen otra vez las piernas?
Belén suspiró:
—Son los achaques de siempre, ya no tienen cura. Si no fuera porque vienes a ponerme las agujas y traerme medicina, no podría pegar el ojo en la noche.
—Usted no solo me ha ayudado, sino que me quiere como a una nieta de sangre; es mi deber cuidarla.
Estas palabras tan dulces de Verónica hicieron que a Belén le doliera más el corazón.
Dijo con coraje:
—Todo es culpa de ese nieto inútil que tengo, que dejó ir a una nieta política tan buena como tú. ¡Voy a romperle las piernas!
Verónica negó con la cabeza.
—Abuela, estoy bien.
—Vero... —suplicó la anciana con cautela—, ¿podrías darle otra oportunidad por consideración a esta abuela?
—Belén, en tres años no pude ablandar su corazón, ¿cree que con una oportunidad va a cambiar?
Verónica le había dado demasiadas oportunidades a Federico, pero como él no las valoraba, ella tampoco quería forzar las cosas.
La anciana suspiró una y otra vez:
—Es que en la familia Espinosa no tenemos suerte, no pudimos retener a una mujer tan buena...
Le dolía el alma, y hasta se le enrojecieron los ojos.
¡Y justo en ese momento, Aimar e Irene entraron rodeando a Gisela entre risas y pláticas!


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi exmarido ciego firmó el divorcio sin saber que yo era su salvadora