—La noche en que te pasó aquello, no entiendo por qué, pero el corazón me latía tan fuerte que sentí que se me iba a salir del pecho. Serena también estaba inquieta, llorando sin parar y pidiendo que te buscáramos. Me la llevé conmigo y manejé de madrugada rumbo a la obra; te juro que me temblaban tanto las manos que casi no podía sostener el volante.
—Nunca he creído en santos ni en milagros, pero esa noche, no tuve de otra más que rezar. Iba suplicando en silencio que aún estuviera a tiempo, que toda esa angustia solo fuera mi cabeza jugándome una mala pasada, que tú ibas a estar bien.
—Pero al final, llegué tarde. Solo me faltó un segundo, solo uno, y vi con mis propios ojos cómo te caías al río. El estruendo del agua fue como un martillazo, me retumbó directo en el pecho. No lo pensé ni un instante, me lancé de clavado tras de ti, creyendo que podía sacarte de ahí.
—Pero aquella noche llovía a cántaros y la corriente era brava. Apenas acababas de caer y no importó cuánto me esforzara, no podía encontrarte. Era como si te hubieras esfumado, como si el río te hubiera tragado sin dejar rastro. Solo el pilar recién construido del puente se alzaba ahí, imponente y sin alma. El vacío me arrancó el aliento, la desesperación me hizo golpear el cemento hasta que las manos me sangraron, pero el puente ni se movió un centímetro. Solo de imaginarte atrapada entre el cemento frío, sentía que el pecho se me partía y la respiración no me salía. ¿Cuánta angustia y dolor habrás sentido tú ahí adentro?
—Me odié por no haberme dado cuenta antes de que mi papá estaba metido en esto, por no haber ido contigo ese día, por haberme enojado contigo, por no poder dejar mi maldito orgullo y tratarte como debí. Me odié por no haber entendido a tiempo que te amaba, por no decírtelo en voz alta, Amelia, te amo… Esos días fueron pura niebla para mí, te soñaba a todas horas, y cuando vi esa carta tuya que nunca me enviaste...
—Amelia, estos meses que estuviste sin memoria, deseaba que recordaras todo, pero también me daba miedo. Estos meses fui un cobarde y te mentí, fingiendo que lo nuestro era perfecto cuando no lo fue. Pero tú me dijiste que no te importaba el pasado, que no ibas a irte, sin importar si algún día lo recordabas todo o solo un poco. Juraste que te quedarías a mi lado, que creceríamos juntos con Serena, que envejeceríamos juntos. Que pasara lo que pasara, no ibas a dejarme otra vez. Incluso prometimos que al día siguiente íbamos a casarnos… Entonces, ¿por qué tuviste que romper esa promesa?
La voz de Dorian se fue apagando con la última frase.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian)