—Cuando me pegó, yo también me defendí. Él también tiene golpes. No sé si eso cuente como riña mutua, y como mis heridas no eran tan graves, tenía miedo de que lo encerraran solo un par de días y lo soltaran. Si eso pasaba, solo iba a salir a buscarme más problemas y yo iba a tener menos paz. Así que preferí dejarlo así, mejor no provocarlo más.
Marta suspiró profundamente.
—Además, la mujer que anda con él también está casada. Su marido trabaja fuera todo el año. Si se entera de que vive con mi esposo, quién sabe si venga a armar un escándalo o quiera vengarse. Lo que más miedo me da es que se desquiten con mis hijos. Me muero de pánico solo de pensarlo. Quisiera llevármelos lejos ya mismo. Que los niños vivan con alguien así es estar siempre con el alma en un hilo.
Amelia asintió con comprensión.
—Entonces háblalo bien con ellos. Por lo pronto, no regreses a dormir a esa casa. Te vamos a buscar algo cerca de la escuela de los niños para que te quedes estos días. Así ellos podrán ir a comer comida caliente saliendo de clases. Pero no le des la dirección a tu marido, no vaya a ser que se le ocurra ir a buscarte borracho algún día.
A Marta se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Meli, me están ayudando tanto que no sé cómo voy a pagarles...
Se le quebró la voz mientras hablaba.
Amelia le sonrió levemente.
—No es nada. Cuando estaba embarazada de Serena, si no hubiera sido por ti y por Frida, no lo habría logrado. Sin sus cuidados, no estaría donde estoy hoy. Es lo menos que podemos hacer.
En aquel entonces, aunque Marta cobraba un sueldo, lo que hizo por ella fue mucho más allá de sus obligaciones laborales. Cuidó tan bien de ella y de Serena que le permitió a Amelia, siendo madre primeriza, tener la energía para sacar adelante sus estudios y su trabajo.
Siempre le estaría agradecida.
Dorian también miró a Marta y dijo:
—Marta, esos años que no pude estar con Amelia y Serena, gracias por cuidarlas tan bien en mi lugar. Lo que estamos haciendo no es nada comparado con eso, así que no te sientas en deuda.
—Está bien, lo platicaré con los niños en la noche.
Marta asintió y se despidió con tristeza de Amelia, Dorian y Serena.
Cuando Serena subió al coche y vio que Marta no venía con ellos, hizo un puchero inmediato:
—¿La tía no viene con nosotros?
Amelia le acarició el cabello.
—La tía tiene cosas que resolver. Vamos a esperar a que termine, ¿va?

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