Dorian se detuvo en seco y lo miró fijamente.
—¿Qué haces aquí?
Se acercó para ayudarlo a levantarse.
Sin embargo, Jacobo se mantuvo alerta y no se atrevió a ponerse de pie.
—Alguien me está siguiendo.
—Tranquilo, una vez que entres al Edificio Esencia, nadie podrá tocarte.
Dorian lo ayudó a levantarse mientras hablaba, pero notando su terror, usó su propio cuerpo para cubrirlo.
—Ven a mi oficina.
Dorian abrió la puerta trasera, lo empujó hacia adentro, subió al asiento del conductor y metió el auto al estacionamiento subterráneo.
Llevó a Jacobo directamente al elevador ejecutivo.
Ninguno de los dos dijo una palabra en el trayecto.
Al salir del elevador, Jacobo, quien probablemente estaba arriesgando mucho al venir a denunciar, caminaba encogido detrás de Dorian, con la cabeza gacha y sin quitarse ni la gorra ni el cubrebocas.
—Te llevaré a mi sala de juntas privada, ahí no hay nadie.
Entendiendo su estado de ánimo, Dorian le habló con calma y se dio la vuelta para guiarlo. En ese momento, Yael salía de su oficina y, al ver a Dorian, se acercó con expresión grave.
—Señor Ferrer, no he podido contactar a Jacobo por ningún lado.
Bajó la voz y continuó:
—La policía descubrió que ayer, en su camino hacia el Pabellón de Ciencias, en la intersección de la Calle de la Paz y la Avenida Arbolada, a un kilómetro de la obra, recibió una llamada y se fue. Se le veía nervioso. Su última ubicación conocida fue la entrada a su pueblo. Como ahí no hay cámaras, la policía fue a entrevistar a su familia; dijeron que estaba bien, que había ido a beber a casa de un amigo y que incluso contestó el teléfono cuando le marcaron. Pero después de eso, no he podido localizarlo.
Dorian se hizo un poco a un lado, revelando a Jacobo, que se escondía tras él.
Yael no conocía a Jacobo. Al ver a ese hombre encogido, con gorra y cubrebocas, se quedó pasmado.
—Señor Ferrer, ¿quién es...?
—Es Jacobo. Llévalo a mi sala de juntas privada —ordenó Dorian—. Que nadie se entere.
—Señor Ferrer.
—¿Por qué no llegaste a la cita de ayer? ¿Qué pasó? —preguntó Dorian, poniendo sobre la mesa el informe de accidente que habían presentado en conjunto.
Jacobo bebió un trago de agua.
—Ayer, cuando el supervisor revisaba de nuevo el informe del accidente, encontró la foto original del lugar de los hechos que yo había mezclado en el reporte y le avisó a Fabián. Cuando iba en camino a verlo a usted, Fabián me llamó de repente para decirme que habían ido a recoger a mi hija al kínder. Me dio miedo que le hicieran algo, así que fui corriendo hacia allá.
Dorian lo miró fijamente.
—¿Saben que viniste a verme?
Jacobo negó con la cabeza.
—No, no lo saben. Pero pusieron a todo el equipo de investigación del accidente bajo «vacaciones forzadas» para tenernos vigilados. Ayer me escapé a escondidas para verlos, y como no me encontraban, supongo que tuvieron miedo de que fuera a dar el pitazo y usaron a mi hija para amenazarme.
Así que en su propia obra ocurrían cosas semejantes y él no tenía ni idea. Dorian curvó los labios en una sonrisa fría y miró a Yael.
Dado que la donación del Pabellón de Ciencias se había hecho a nombre de Amelia, él se la había encargado específicamente a Yael.

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