— Ramiro, de ingeniería —murmuró Dorian, con sus ojos oscuros fijos en el hombre—. ¿Dónde está ahora?
— Supongo que en su casa —respondió el encargado, inseguro—. Desde que pararon la obra, casi nadie tiene trabajo, así que la mayoría se fue a su casa o buscaron chambitas temporales en otras construcciones.
— ¿Sabe lo de esta noche? —preguntó Dorian.
El encargado y Tomás se miraron, dudando.
— Dejen de mirarse —dijo Dorian tajante—. Él lo sabe, fue él quien los organizó, ¿verdad?
— Es que... Ramiro... —el tono del encargado vacilaba. Quería negarlo, pero bajo la mirada impasible de Dorian, las palabras se le atoraron en la garganta. No se atrevía a admitirlo, ya fuera por miedo a represalias o porque no quería traicionarlo.
Dorian no estaba para perder el tiempo. Le lanzó su propio teléfono. — Llámalo y dile que venga.
— Ramiro no puede esta noche... —balbuceó el hombre.
Dorian lo miró de reojo. — ¿Con algo tan importante pasando esta noche y no puede?
El hombre se quedó mudo.
La voz de Dorian se volvió varios grados más fría: — ¡Aunque esté en la luna, haz que venga ahora mismo! ¡Llama!
Intimidado por su tono, el encargado sacó su celular torpemente y marcó.
— ¡Pon el altavoz! —le advirtió Dorian—. Solo dile que hubo un problema en la obra y que venga de inmediato.
El hombre asintió aturdido y, con manos temblorosas, activó el altavoz.
El teléfono sonó varias veces hasta que contestaron con lentitud.
— ¿Qué pasa? —sonó una voz impaciente al otro lado—. ¿Es que no dejan dormir a uno ni a estas horas?

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