—Debiste intentar preguntarme —dijo Dorian, quien también le dio una mordida a la carne; estaba jugosa y el sabor inundó su paladar.
Amelia levantó la cabeza para mirarlo:
—Si te lo hubiera propuesto, ¿habrías aceptado?
—Sí —respondió Dorian sin titubear ni un segundo; sus ojos oscuros ya se habían clavado en ella—. Jamás me habría negado a algo que tú me pidieras.
Amelia se quedó helada por un momento y luego cayó en la cuenta de que, quitando la vez que le exigió que dejara de molestarla, Dorian de verdad nunca le había dicho que no a nada.
—En ese tiempo siempre me daba miedo interrumpirte, por eso no me atrevía a pedirte cosas que consideraba exageradas —confesó Amelia.
Dorian sonrió:
—Salir a dar la vuelta no es ninguna exageración.
Amelia no pudo evitar soltar una risita:
—Pero es que en ese momento yo sentía que solo estábamos juntos por obligación, por la niña. Sentía que casarte conmigo era injusto para ti, encima tenías que soportar las peticiones ridículas de mi familia y yo ni siquiera podía controlarlos. Por eso sentía que no podía darte más problemas; hasta para darme la vuelta en la cama por las noches me daba miedo hacer mucho ruido y despertarte… ¡imagínate si me iba a atrever a hacerte perder el tiempo!
Dorian levantó la mano y le frotó la cabeza suavemente:
—Tú estás igual, en aquel entonces no debiste malcriar a mi familia solo por mí —le reclamó Amelia—. Ya estábamos divorciados y aun así les compraste una residencia.
—Lo hice más que nada porque me preocupaba que no tuvieras dónde quedarte si ibas de visita —explicó Dorian, apartándole de la cara un mechón de pelo que el viento le había alborotado—. En la casa de tus papás dejaron de tener un cuarto para ti desde que te casaste. Y aunque lo más seguro era que después del divorcio no regresaras a vivir con ellos, como te llevas tan bien con tu papá, era obvio que ibas a querer ir a verlo. No podía dejar que regresaras y no tuvieras ni siquiera dónde pasar la noche. Si te compraba la casa a ti, la ibas a rechazar; así que preferí aprovechar la situación y comprársela a ellos para que por lo menos tuvieras dónde llegar.
Amelia sintió un nudo en la garganta:
—Debiste decírmelo.
—Si te lo hubiera dicho, de todos modos no la habrías aceptado —replicó Dorian—. En ese tiempo había tratado con tu papá un par de veces y eso me hizo pensar equivocadamente que habías crecido rodeada de amor; no me di cuenta de la clase de personas que eran Blanca Soto y Fabio. Cuando iban a pedirme cosas, siempre usaban la excusa de que era por tu bien. Yo pensé que así quedarías mejor parada frente a tus familiares y amigos, y que estarías más cómoda cuando fueras a tu casa. Además, aunque para una persona normal sus peticiones habrían sido un abuso, para mí no eran nada del otro mundo, no me costaba nada. Por andar pensando en eso, ignoré por completo lo incómoda que te sentías estando en medio de todo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian)