—Debiste intentar preguntarme —dijo Dorian, quien también le dio una mordida a la carne; estaba jugosa y el sabor inundó su paladar.
Amelia levantó la cabeza para mirarlo:
—Si te lo hubiera propuesto, ¿habrías aceptado?
—Sí —respondió Dorian sin titubear ni un segundo; sus ojos oscuros ya se habían clavado en ella—. Jamás me habría negado a algo que tú me pidieras.
Amelia se quedó helada por un momento y luego cayó en la cuenta de que, quitando la vez que le exigió que dejara de molestarla, Dorian de verdad nunca le había dicho que no a nada.
—En ese tiempo siempre me daba miedo interrumpirte, por eso no me atrevía a pedirte cosas que consideraba exageradas —confesó Amelia.
Dorian sonrió:
—Salir a dar la vuelta no es ninguna exageración.
Amelia no pudo evitar soltar una risita:
—Pero es que en ese momento yo sentía que solo estábamos juntos por obligación, por la niña. Sentía que casarte conmigo era injusto para ti, encima tenías que soportar las peticiones ridículas de mi familia y yo ni siquiera podía controlarlos. Por eso sentía que no podía darte más problemas; hasta para darme la vuelta en la cama por las noches me daba miedo hacer mucho ruido y despertarte… ¡imagínate si me iba a atrever a hacerte perder el tiempo!
Dorian levantó la mano y le frotó la cabeza suavemente:

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