Al día siguiente, Amelia se puso en contacto con Marta, quien le confirmó que podría regresar a trabajar en una semana.
Serena le tenía mucho cariño a su niñera, así que cuando se enteró de que iba a volver, se emocionó más que nadie y empezó a contar los días con los dedos.
Como Amelia todavía tenía la mano lastimada y quería pasar más tiempo con Serena, decidió no regresar a la oficina por el momento.
Dorian también se tomó unos días libres para dedicarse por completo a su novia y a su hija.
Antes, con todo el lío de la empresa, ambos habían estado demasiado ocupados para dedicarle tiempo a la niña. Ahora que por fin tenían un rato libre, hicieron a un lado el trabajo y se enfocaron cien por ciento en Serena.
Teniendo en cuenta que Amelia no podía usar bien las manos y que Dorian también había salido con un par de golpes de la pelea de aquella noche, no planearon ningún viaje largo; prefirieron quedarse en Arbolada y pasear por los alrededores.
Al ser tan pequeña, Serena todavía no tenía mucho interés en salir de viaje. Para ella, un arenero, unos columpios o un parquecito infantil eran más que suficientes para divertirse todo el día.
Tanto por el tiempo que Amelia la crió sola como por la etapa en que Dorian se hizo cargo de ella tras el accidente, además del reciente descuido por el exceso de trabajo, los dos sentían una enorme culpa y remordimiento hacia Serena. Por eso, en esos días libres, se entregaron en cuerpo y alma a jugar con ella.
No era el típico paseo donde la dejaban en los juegos o en el arenero para que se entretuviera sola, sino que entraban de lleno en su pequeño mundo. Construían castillos y jugaban con bloques junto a ella, se deslizaban por el pasto, se subían a los carritos chocones... Sin importar la actividad, los tres lo hacían juntos. Jugaban, se reían y hacían relajo. Amelia jamás había visto a Serena tan feliz.
Todos los días, al abrir los ojos, lo primero que decía Serena era: «Mamá, ¿a dónde vamos a ir a jugar hoy?». Era evidente lo contenta que estaba; se la pasaba sin ninguna preocupación e incluso sus posturas al dormir se volvieron más sueltas, desparramándose por toda la cama.
A Amelia y a Dorian les encantaba ver ese cambio en su hija. Incluso cuando regresaron a trabajar, hacían lo posible por sacar tiempo a mediodía o en la noche para estar con ella.
Dorian retomó su rutina de oficina al día siguiente de que Marta volvió.
Técnicamente hablando, ahí era donde había empezado su historia con Dorian. En aquel entonces, obsesionada con cortar de raíz cualquier vínculo con él, había tomado la difícil decisión de vender el lugar que guardaba todas las ilusiones que había sentido a su lado.
Incluso ahora, al recordar aquella noche en que él la acompañó a casa, todavía sentía mariposas en el estómago y mucha nostalgia.
Pero como ya no tenía la propiedad, pensar en eso solo la llenaba de arrepentimiento.
Llevada por esa nostalgia, y tras pensarlo bastante, Amelia se contactó con el agente inmobiliario que la había ayudado a vender la casa. Quería ver si existía alguna posibilidad de volver a comprarla; aunque estuviera completamente cambiada, ella podría remodelarla y dejarla tal como era antes.
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