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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1672

Amelia se acordó del primer día en que Dorian se enteró de que Serena era su hija y se fueron a vivir juntos. Recordó cómo él veía tutoriales en el celular e intentaba peinarla a la vez, haciéndose bolas con todo.

En aquel entonces, ver lo torpe pero concentrado que estaba al hacerle trenzas a Serena contrastaba muchísimo con su actitud fría, calculada y siempre en control. Verlo en esa situación resultaba hasta un poco bizarro.

Pero tal vez, a lo largo de todo este tiempo, ya había visto tantas veces esa faceta tierna que tenía con ella y con Serena, que aunque seguía siendo ese hombre inalcanzable y de mirada fría, cada pequeño gesto y cada mirada suya ya habían adquirido un toque de calidez humana que derretía todo ese hielo.

Sin embargo, sin importar qué faceta le mostrara, con tan solo mirar ese rostro en silencio, el corazón de Amelia seguía latiendo a mil por hora.

Ella no dijo nada; en cuanto terminó de arreglarle el cabello, no pudo evitar abrazarlo por la cintura y acurrucarse en su pecho.

Dorian sonrió, bajó la mirada hacia ella y le preguntó:

—¿Qué pasa?

Amelia sonrió y negó con la cabeza:

—Nada, solo quería abrazarte.

Ese tipo de dinámicas de parejita que tanto veía cuando era estudiante, las estaba experimentando por primera vez con Dorian, después de dos años de matrimonio y varios más de divorcio.

—Siento que somos como dos señores amargados a la antigua. —Amelia no pudo evitar soltar una carcajada después de que Dorian le diera a probar un bocado de postre—. ¿Quién empieza a actuar como novios por primera vez después de estar casados por años y luego divorciados por otros tantos? Hasta para comer en un tianguis parecemos viajeros en el tiempo que acaban de llegar al presente.

—Yo estaba tan ocupado que me olvidé de vivir —Dorian le acercó a la boca una brocheta de res recién hecha que aún soltaba humo, y mientras la veía comer, agregó—: Tú no estabas tan ocupada en ese entonces, ¿por qué nunca saliste a experimentar estas cosas?

—Pues porque en la universidad también andaba corriendo —respondió Amelia mientras masticaba suavemente un pedazo de carne—. Entre las clases y tratar de ganar algo de dinero, tampoco me daba la vida. Y en cuanto me gradué, me casé contigo. Aunque entonces sí tenía más tiempo, tú siempre estabas tapado de trabajo y tu rutina era súper estricta; sentía que invitarte a comer al tianguis no cuadraba contigo, así que ni me atrevía a decirte nada. Y tampoco le veía el caso a venir sola, además de que de por sí ni me gusta mucho andar en la calle.

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