Amelia se acordó del primer día en que Dorian se enteró de que Serena era su hija y se fueron a vivir juntos. Recordó cómo él veía tutoriales en el celular e intentaba peinarla a la vez, haciéndose bolas con todo.
En aquel entonces, ver lo torpe pero concentrado que estaba al hacerle trenzas a Serena contrastaba muchísimo con su actitud fría, calculada y siempre en control. Verlo en esa situación resultaba hasta un poco bizarro.
Pero tal vez, a lo largo de todo este tiempo, ya había visto tantas veces esa faceta tierna que tenía con ella y con Serena, que aunque seguía siendo ese hombre inalcanzable y de mirada fría, cada pequeño gesto y cada mirada suya ya habían adquirido un toque de calidez humana que derretía todo ese hielo.
Sin embargo, sin importar qué faceta le mostrara, con tan solo mirar ese rostro en silencio, el corazón de Amelia seguía latiendo a mil por hora.
Ella no dijo nada; en cuanto terminó de arreglarle el cabello, no pudo evitar abrazarlo por la cintura y acurrucarse en su pecho.
Dorian sonrió, bajó la mirada hacia ella y le preguntó:
—¿Qué pasa?
Amelia sonrió y negó con la cabeza:
—Nada, solo quería abrazarte.

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