—Principalmente porque sentí que no debía ser un trampolín para que ellos te chuparan la sangre —dijo Amelia, entrelazando su brazo con el de él por inercia—. Ellos son mi familia, me criaron y pagaron mi universidad; soy yo quien debe ser agradecida y cuidarlos, no tú. Pero solo porque me casé contigo, y como tu situación económica es muchísimo mejor que la mía, dieron por hecho que lo tuyo era suyo y que tenían derecho a una tajada de tu dinero y tus recursos.
»Pero ¿con qué derecho? Tienen derecho a exigirme a mí, pero no a pedirles cosas a ti ni a tus papás. Por eso, en aquel entonces, me molestaba mucho su actitud. Sin embargo, por más que intentaba convencerlos o detenerlos, seguían haciendo lo que les daba la gana y siempre te buscaban a ti o a tus papás a mis espaldas.
»Por un lado, me sentía pésimo por causarte problemas, y por el otro, me daba miedo que pensaras que yo los mandaba, que creyeras que me había acercado a ti a propósito para sacarle provecho a tu familia. Como te amaba mucho, me importaba muchísimo la imagen que tuvieras de mí. Así que esos dos años, estar en medio de todo fue bastante doloroso y humillante.
Dorian le acarició la cabeza, rozando suavemente sus sienes con la yema de los dedos.
—Siendo la chica en la que me fijé, ¿crees que no sé qué clase de persona eres?
Su tono denotaba cierta resignación.
—Pues yo no sabía cómo me veías tú —Amelia no pudo evitar sonreír—. Quién sabe si te casaste conmigo solo por obligación. Pero en algo tienes razón: aunque me hubieras contado todo eso, solo habría pensado que eras una buena persona, alguien súper, súper bueno...
—Sí, puro premio al "buen tipo" —la interrumpió Dorian—. Llevamos dos años casados y es lo único que he recibido de ti, puros reconocimientos por ser un buen muchacho, uno tras otro.
Amelia soltó una carcajada:
—Si no fuera por esos premios al buen tipo, no habríamos llegado hasta aquí. En aquel entonces, si terminábamos, se acababa todo de verdad.
Dorian también sonrió, pero no dijo nada más. Simplemente abrió los brazos, la atrajo hacia sí y apoyó la barbilla en su cabeza.
—Menos mal que no se acabó todo.
Habló despacio junto a su oído, con una voz cálida que se mezclaba con la brisa nocturna.
Al escuchar su tono suave, a Amelia se le hizo un nudo en la garganta. Lo abrazó con fuerza y levantó la mirada hacia él.
—Dorian, gracias por nunca soltarme.
Bajo la luz del farol, sus ojos brillaban, evidentemente cristalizados por las lágrimas.

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