—¿Qué pasa? —preguntó Eduardo, extrañado.
—Nada —respondió Dorian como quien charla de cualquier cosa, sin dejar de revisar el video—. ¿Últimamente se duerme tan temprano?
—¿Temprano? ¡Son casi las doce! —replicó Eduardo, y luego no pudo evitar preguntar—: ¿Y tú qué haces aquí a media noche en lugar de estar durmiendo?
—Tengo un asunto que atender —dijo Dorian con frialdad, y siguió interrogando—: ¿No ha salido en estos días?
—Ya conoces a tu madre, no aguanta estar encerrada en casa.
—¿A dónde fue?
—Pues a dónde va a ir... a comer con sus amigas, a tomar el café, al salón de belleza...
—Veo que todavía no son lo bastante pobres —comentó Dorian mirándolo de reojo.
Eduardo se puso rojo del coraje:
—¡Claro que somos pobres! Ya casi no tengo ni para la gasolina. Sobrevivimos con las tarjetas de prepago que recargamos antes.
Dorian lo ignoró y siguió revisando las grabaciones.
Según las cámaras, Cintia había salido tres veces hoy. Una fue para su rutina matutina de ejercicio; tenía una obsesión con mantener la figura y llevaba décadas corriendo por las mañanas.
La segunda fue por la tarde, para tramitar la reposición de su identificación en la fiscalía, pero regresó pasadas las siete de la noche. Calculando el tráfico, los tiempos coincidían con el reporte de Yael.
Probablemente Cintia no pudo contactar a Fabiana y a Otto desde la puerta de la fiscalía, así que tomó un taxi y logró comunicarse en el camino. Una vez que dio el aviso, regresó a casa.
Después de volver, las cámaras mostraban que no había vuelto a salir.
Dorian levantó la vista hacia la recámara principal.
La puerta estaba entreabierta. No sabía si Cintia ya estaba dormida o no.
—¿Seguro que mi mamá está dormida? —preguntó Dorian.
Eduardo asintió.
—Sí, se acaba de dormir.
—Acompáñame a tomar un trago —dijo Dorian—. Hace mucho que no nos sentamos a platicar de padre a hijo.
Eduardo lo miró con sospecha:
—¿Cortaste con Amelia otra vez?
Dorian le lanzó una mirada fulminante.
Eduardo no se atrevió a preguntar más. Era raro que Dorian tuviera una actitud tan conciliadora y lo invitara a algo, así que aceptó haciéndose el difícil:
—Bueno, pues, vamos. Espérame tantito, voy a cambiarme.
Se dio la vuelta para ir a su cuarto, pero Dorian lo agarró del brazo y lo sacó a la fuerza.
—A tu edad a nadie le importa cómo te veas.
Cerró la puerta de un portazo, sin importarle que Eduardo siguiera en pijama, y lo empujó hacia el elevador.
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