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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1636

—¿Entonces el señor Ferrer no correrá peligro? —preguntó Yael, incapaz de contener su preocupación—. El terreno allá es muy complicado, no hay nadie, ya oscureció y Otto es un delincuente de los pesados...

Mientras hablaba, Yael pisó el acelerador instintivamente.

Pero por más que acelerara, la carretera tenía límite de velocidad y el muelle abandonado en la zona norte estaba lejísimos. La distancia era más del doble que el camino por la montaña desde la vieja zona minera; no sabía a qué hora llegarían.

Amelia no dijo nada, pero la tensión en su rostro y la fuerza con la que apretaba el celular delataban su angustia.

Si no fuera una emergencia real, ¿cómo iba a dejar a Serena para ir tras él?

Yael nunca había estado en ese muelle abandonado del norte, así que no sabía cómo estaba la situación allá.

Sin embargo, un muelle abandonado lejos de la ciudad, que alguna vez fue nido de «coyotes» y traficantes de personas, seguramente mantenía conexiones turbias con grupos locales. Otto, siendo un criminal, tendría contactos mucho más profundos y complejos en ese bajo mundo que cualquier persona normal.

Ahora ya era de noche y Dorian se había metido ahí solo, sin respaldo. No podían contactarlo por teléfono. Aunque Amelia ya había llamado a la policía, el muelle estaba escondido al final de una zona de playas salvajes y montañas; el camino era un desastre, sin señalamientos y, de noche, ni siquiera parecía haber una ruta decente. La policía tardaría en llegar.

Yael no se atrevía a imaginar lo peor, pero al ver a Amelia aferrada a su teléfono, no pudo evitar darse un golpe en la frente a modo de reproche:

—Ay, qué cosas digo. El señor Ferrer siempre va un paso adelante. No es de los que actúan a lo loco; si las condiciones no fueran favorables, no se movería. No le va a pasar nada, no corre peligro.

Amelia apenas forzó una sonrisa leve, sin responder. Sin embargo, no pudo evitar intentar llamar a Dorian una vez más. El resultado fue el mismo: la llamada no entraba.

***

El chirrido de las llantas aplastando grava y escombros hacía que el túnel se sintiera aún más tétrico.

Conforme avanzaba, el espacio se volvía más angosto. Los costados del auto casi rozaban la roca, provocando un chillido metálico insoportable al rasparse.

Pero gracias a esa estrechez, las marcas frescas de la carrocería del vehículo que había pasado antes se veían clarísimas bajo la luz de los faros.

El rostro de Dorian estaba tenso. Con una mano en el volante y la otra en la palanca, siguió avanzando sin titubear, forzando el paso del vehículo.

No supo cuánto tiempo condujo así, entre el ruido del metal y la roca, hasta que de repente, el camino se abrió.

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