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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1641

Fabio se acercó y, efectivamente, vio en el celular de Eduardo que el carro estaba detenido cerca.

Sin embargo, como la zona estaba desolada y no había puntos de referencia claros, era difícil ubicar el sitio exacto de estacionamiento en el mapa.

—¿Qué hace Cintia por estos rumbos? —preguntó Fabio con duda, recordando la llamada que Otto acababa de recibir; no sabía si se trataba de ella.

—Yo qué voy a saber —respondió Eduardo, sin sospechar nada—. A estas horas de la noche, viniendo a este lugar olvidado de Dios y sin contestar el teléfono... me da miedo que le haya pasado algo.

—¿La venías siguiendo? —tanteó Fabio.

—Si pudiera seguirla todo el camino, no la habría perdido —se quejó Eduardo, lleno de frustración—. Iba todo bien, pero se metió al salón de belleza y ahí se me esfumó. Por suerte tengo la app del coche en mi celular; aunque ella lo maneja, está a mi nombre. Intenté entrar a la cuenta y vi que el carro andaba por acá, así que me vine. Quién iba a decir que al llegar no encontraría ni el carro ni a ella.

Dicho esto, miró a Fabio con sospecha:

—¿No se supone que estabas pescando por aquí? ¿No viste pasar su coche hace rato? Está todo oscuro, si pasa un carro con las luces prendidas se tiene que ver a fuerza. Qué raro.

—Uy, sí, como si esto no fuera puro monte —replicó Fabio de mala gana—. Está todo cerrado de hierba y lleno de construcciones viejas que tapan la vista, ¿cómo quieres que vea algo? A lo mejor la ubicación está mal; a mi carcacha luego la ubica a diez kilómetros de distancia cuando está guardada en la cochera.

—¿En serio? —Eduardo lo miró con escepticismo.

—Te lo juro —dijo Fabio, jalándolo del brazo—. Vámonos, este lugar está lleno de matorrales y bardas caídas. Quién sabe cuántos nidos de víboras haya ahí dentro. Ya empezó el calor y es cuando se ponen más bravas, ten cuidado.

Y sin más, salió corriendo con la linterna hacia el sendero de la derecha.

—¡Oye, espérate! —gritó Fabio con urgencia—. ¿A dónde vas?

No había olvidado la orden de Otto de distraer a Eduardo, así que intentó seguirlo. Pero aunque era más joven, su condición física y agilidad eran mucho peores que las de Eduardo. Además, no traía linterna y no veía nada; apenas dio dos pasos cuando tropezó con una piedra y cayó de bruces contra el suelo. Para cuando logró levantarse a duras penas, Eduardo ya había desaparecido.

Sin importarle nada más, Fabio sacó su celular a toda prisa, encendió la linterna y corrió hacia donde se había ido Eduardo. Apenas llegó a la curva del sendero, sin ver a nadie todavía, sintió que una mano le atrapaba el brazo con fuerza. Fabio soltó un grito del susto y, por instinto, levantó el brazo libre para soltar un golpe, pero antes de conectar, su puño fue interceptado y apretado con fuerza brutal por otra mano. La voz gélida de Dorian sonó junto a su oído:

—¿Dónde están Otto y Fabiana?

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