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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1649

Gracias a eso, Fabiana se liberó de la presión de Dorian. Sin importarle que casi le rompen la mano, se arrastró como pudo para esconderse detrás de Otto.

Eduardo también corrió a refugiarse detrás de Dorian.

Solo Cintia y Fabián quedaron en sus lugares originales.

Fabián aún no se recuperaba del ataque sorpresa de Amelia; seguía arrodillado en el suelo, siseando de dolor mientras intentaba recobrar el aliento.

Cintia parecía aturdida por el repentino giro de los acontecimientos. Se quedó parada sin saber qué hacer, mirando primero a Fabiana y luego, con una expresión compleja, a Eduardo.

Eduardo mostró un gesto de compasión. Dudó un instante, apretó los dientes y, de repente, salió de detrás de la espalda de Dorian, extendiendo la mano hacia Cintia.

—Ven acá primero...

Dorian se quedó sin palabras.

Amelia tampoco daba crédito.

Antes de que pudieran reaccionar, Otto, que estaba más cerca de Cintia, extendió el brazo y agarró a Eduardo.

Dorian reaccionó con reflejos felinos y agarró la otra mano de Eduardo, pero como su padre había salido disparado desde su espalda, por más rápido que fuera, no pudo ganarle a Otto, que estaba de frente vigilando la escena.

Ambos sujetaron los brazos de Eduardo casi al mismo tiempo.

Otto necesitaba un rehén para escapar, así que no le importó la integridad de Eduardo. Jaló con violencia hacia su lado. Se escuchó el crujido de una articulación dislocándose, seguido del grito de dolor de Eduardo.

Dorian no tuvo más remedio que soltarlo.

Otto arrastró a Eduardo frente a él, cambiándole el agarre al cuello, y miró a Dorian con saña.

—Dorian, no tengo tiempo para juegos. Si quieres salvar a tu papá, déjanos subir al barco. Haremos como si no nos hubiéramos visto hoy.

Dorian lo miró fijamente.

—¿Y si no los dejo?

—Entonces lo estrangulo aquí mismo —respondió Otto.

Dorian hizo un gesto de invitación.

—Estrangúlalo ahora mismo. Yo testificaré en la corte a tu favor, diré que él se lo buscó y que nadie más tuvo la culpa.

—¿Qué estupideces estás diciendo? —gritó Eduardo, desesperado por el dolor y el miedo.

Dorian lo miró con frialdad.

—¿Dije algo incorrecto? ¿Quién es el que busca la muerte una y otra vez? Si no usas el cerebro, mejor tírate al mar y ahórrales problemas a los demás.

—Llevo más de veinte años casado con tu madre, ¿cómo voy a soportar verla en peligro? —se defendió Eduardo, ofendido.

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