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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1653

Los hombres que venían del otro lado también se abalanzaron con actitud amenazante.

Eran bastantes y tenían toda la pinta de ser gente del bajo mundo.

Dorian y Alejandro acababan de alcanzar el auto chocado de Otto cuando el grupo de matones llegó hasta ellos, lanzando golpes con tubos y palos directamente hacia sus cabezas.

Ambos se agacharon al mismo tiempo, esquivando por poco los ataques.

Alejandro hizo girar la moto media vuelta con una maniobra experta y frenó en seco, dejándola estable al borde del camino.

Dorian y Alejandro saltaron del vehículo simultáneamente.

Los hombres que iban a escoltar a Otto, Fabiana y Fabián volvieron a atacar con sus armas.

Alejandro levantó la mano, atrapó uno de los garrotes, lo jaló con fuerza y aprovechó el impulso para girar y soltar una patada brutal a la cabeza de su atacante. Sus movimientos eran ágiles, fluidos, sin un solo gesto de más; no peleaba como un aficionado.

Dorian no pudo evitar echarle un vistazo.

La fuerza y fluidez de sus movimientos eran incluso superiores a las de él, que había entrenado defensa personal, artes marciales y combate desde niño.

Una duda cruzó por los ojos oscuros de Dorian, pero no hubo tiempo para pensar. Otro sujeto se le venía encima con un palo.

Dorian le arrebató el arma, soltó una patada hacia atrás para alejarlo, pero otro atacante ya se lanzaba contra él.

Otto, Fabiana y Fabián, protegidos por sus refuerzos, cargaban con la comida y el agua que Cintia les había preparado y corrían desesperados hacia las lanchas.

Las lanchas estaban en la orilla, al otro lado de un laberinto de contenedores oxidados.

Los contenedores, apilados de forma desordenada, dejaban un camino ancho en el centro que llevaba directo a la playa donde esperaban los contrabandistas.

La lancha que el contacto había preparado ya estaba con el motor encendido; el rugido de la máquina se mezclaba con el sonido de las olas.

Otto, Fabiana y Fabián ya habían avanzado decenas de metros, acercándose cada vez más a la orilla.

La mirada de Dorian se oscureció. Dejó de prolongar la pelea, barrió con fuerza con el palo que había quitado, obligando a retroceder a los matones, y se giró para gritarle a Alejandro:

—¡Tú encárgate de esto!

Acto seguido, se subió a la pesada moto que Alejandro había dejado, giró el acelerador y salió disparado hacia los tres fugitivos.

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