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Mi Frío Exmarido (Amelia y Dorian) romance Capítulo 1683

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Dorian pareció notar el cambio en sus emociones, pues estrechó el brazo que la rodeaba para acomodarla por completo contra su pecho.

Amelia le apretó la mano para hacerle saber que estaba bien y volvió a fijar su atención en el interior de la casa.

Los adultos que platicaban ni siquiera se dieron cuenta de que su versión de cinco años estaba buscando a Dorian.

Cuando le dijeron que Dorian estaba en su cuarto, la niña corrió hacia las escaleras. Con su pequeño cuerpecito, se aferró al barandal y subió con dificultad. Luego se detuvo frente a la última habitación del pasillo, tocó la puerta con dudas y empezó a suplicarle con su vocecita que le abriera.

Las sombras fueron cambiando. El sol brillante del mediodía que entraba por la ventana se fue convirtiendo en el atardecer. Dentro de la habitación no hubo respuesta alguna ni se abrió la puerta.

El alboroto de la planta baja se fue apagando poco a poco.

Una joven y lúcida abuela Elisa Sabín intentó llevársela a casa, pero ella se quedó plantada frente a la puerta de Dorian con terquedad. Le contaba historias sin parar, aunque al no haber dormido la siesta, se notaba que se caía de sueño.

Su abuela no se la llevó a la fuerza. Le llevó algo de comer y se quedó acompañándola a esperar afuera de la puerta.

Del otro lado, las gruesas cortinas bloqueaban casi por completo la luz del cuarto.

Un niño, aferrado a una fotografía de su madre, estaba hecho bolita en un rincón. Su expresión era vacía y no se movía en absoluto. Sobre la mesa cercana había un plato de sopa fría que ni siquiera había tocado.

Eduardo, que había terminado de atender a los invitados, lo estaba llamando a cenar desde la planta baja. Al ver que no había respuesta, perdió la paciencia por completo. Subió las escaleras furioso, abrió la puerta de una patada, le arrebató el marco de la foto que el niño abrazaba con fuerza y lo azotó contra el suelo. Los cristales se hicieron pedazos. Lo señaló con el dedo y lo llamó cobarde por no ser fuerte. Le gritó que la gente muerta no volvía y que su madre jamás regresaría.

El niño de mirada vacía observó atónito los cristales rotos de la foto en el suelo. De pronto, como si hubiera enloquecido, empujó a Eduardo con todas sus fuerzas, sin importarle los vidrios esparcidos por el suelo, y cayó de rodillas para recoger la fotografía.

La pequeña Amelia también empezó a llorar y se acercó torpemente a ayudarle al niño a recoger los pedazos.

El niño levantó la mirada y la vio; su rostro pálido estaba bañado en lágrimas.

El rostro de Dorian a los ocho años también se volvió nítido en la memoria de Amelia por primera vez, al igual que su propia versión de cinco años.

—Tranquila —resonó la voz de Dorian para consolarla. La abrazó con fuerza y le dio unas palmaditas en el hombro mientras le hablaba con dulzura.

Pero Amelia simplemente no podía dejar de llorar.

No podía abrazar a ese niñito que no tenía en quién apoyarse.

Para un niño que acababa de ver cómo su madre saltaba al vacío frente a sus propios ojos, justo después de soltarse de su mano, lo único que necesitaba era el abrazo de un adulto. Necesitaba que alguien le dijera con ternura que no era su culpa, en lugar de obligarlo a madurar a golpes.

Por suerte, aunque la Amelia de cinco años era muy pequeña, logró sentir su dolor.

Mientras lloraba, lo ayudó cuidadosamente a juntar la fotografía dañada. Luego se plantó frente a él y empujó a Eduardo con coraje. Tras empujarlo, empezó a llorar aún más fuerte, regañándolo y empujándolo al mismo tiempo. Armó un escándalo tan inmenso que todos los adultos subieron a ver qué pasaba.

El abuelo de Dorian se llevó a Eduardo a regaños y empujones. La empleada doméstica se quedó en la habitación para recoger el desastre. Mientras tanto, el Dorian de ocho años se acurrucó en un rincón abrazando aquella fotografía rasgada por los cristales, llorando mientras sus hombros temblaban sin control.

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