La mirada de Fidel se clavó en Candela, y el entrecejo se le marcó todavía más, como si las palabras se le atoraran en la garganta.
—¡Estás loca! —aventó, sin poder contenerse.
No podía creer que Candela estuviera dispuesta a arrastrarlos a ambos a la ruina solo por un arrebato de orgullo. Eso, para él, era pura locura.
Candela forzó una sonrisa amarga, una de esas que duelen más de lo que alivian.
¡Claro! Si no estuviera loca, ¿cómo habría podido amar a ese hombre durante once años? No solo estaba ida, ya rayaba en lo absurdo.
—Fidel, yo no tengo nada, así que tampoco tengo nada que perder. Puedes usar todos tus recursos para aplastarme, si quieres. Al final, veremos quién es capaz de llegar más lejos. Ahora, ¡lárgate de mi cuarto!
Fidel murmuró un “insoportable” por lo bajo y salió de la habitación, dándole a Candela la oportunidad de calmarse.
Por fin, el silencio llenó el cuarto. Solo quedaba Candela, sentada en la cama, sintiendo cómo la energía que la había sostenido hasta ese momento se le escapaba por completo. La fuerza que había mostrado ante Fidel era solo fachada. Por dentro, estaba hecha polvo.
Fidel... Repitió su nombre una y otra vez en su cabeza, mientras sentía cómo el enojo le crecía como espinas en el pecho. Sabía que si Fidel se empeñaba en destruirla, tenía todas las de perder. Lo que había dicho hace unos minutos no era más que una amenaza vacía, una forma de no dejarse ver derrotada.
Fidel tenía razón. Si esto se salía de control, los dos acabarían mal. Él tenía un estatus que lo protegía, y ella, aunque era una excelente subastadora, dependía de su reputación entre clientes de alto nivel. Todos esos clientes, al final, formaban parte del mismo círculo que Fidel.
Si el escándalo estallaba, su nombre quedaría manchado. Y en su profesión, no bastaba con ser buena: el prestigio lo era todo.
No quería, bajo ningún motivo, que su futuro se arruinara por culpa de un solo hombre. Pero tampoco pensaba agachar la cabeza y seguir con Fidel como si nada hubiera pasado. Ahora, la batalla era ver quién cedía primero: si Fidel perdía el control antes, o si ella se atrevía a llevarlo todo hasta el límite.

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