—Ya no digas nada, tienes la mano lastimada, te llevo al hospital.
Sin esperar respuesta, levantó a Zaira con cuidado.
Candela observó la escena. Sin cambiar de expresión, volteó hacia el encargado del edificio y soltó:
—Dime, ¿ahora quién parece más un esposo?
Su voz sonaba cortante, casi como si todo el cansancio y decepción se hubieran instalado en sus palabras.
Antes, Fidel habría sentido que Candela era cruel y sin corazón. Después de todo, Zaira estaba herida y ella todavía encontraba espacio para el sarcasmo.
Pero ahora, lo único que rondaba por la cabeza de Fidel era la imagen de Candela, encogida en el sillón, ahogada en la penumbra, llorando en silencio.
Solo alcanzó a decir:
—Voy a llevar a Zaira al hospital. Luego hablamos.
Candela no respondió. Se cubrió el rostro con la mano, como si borrar esa imagen pudiera borrar algo más profundo. No quiso mirarlos ni un segundo más.
La tormenta, por fin, terminó.
Uno a uno, todos se marcharon, dejando a Candela sola en la sala.
Miró el desorden esparcido por el suelo. Sus ojos, hace un momento llenos de tristeza, ahora brillaban con una extraña claridad.
Se agachó, recogió los pedazos de vidrio, limpió el desastre y volvió a sentarse en el sillón.
Por supuesto que Candela sabía que Fidel iba a aparecer ahí.
En cuanto él fue a buscar al encargado, Candela ya tenía todo claro. Solo decidió seguirle el juego.
Al principio, Candela solo quería cortar todo de una vez y empezar de nuevo. Pero Fidel no estaba dispuesto a dejarla ir así de fácil. Incluso llegó al punto de amenazarla usando a la gente que ella más quería.
Si él podía lastimar lo que ella valoraba, entonces ella también podía hacerlo.
Si él se negaba a divorciarse, entonces Candela fingiría, le seguiría el juego, haría que creyera tenerla en sus manos. Y después, dejaría que Fidel cayera desde lo más alto, saboreando la derrota, el vacío absoluto.
Candela se quedó sola en la sala por mucho rato, sumergida en sus pensamientos.

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