Cuando Daya despertó, se dio cuenta de que estaba en una habitación completamente desconocida.
Se frotó los ojos y miró a su alrededor.
—¿Mamá?
Daya intentó llamar a su mamá, pensando que tal vez la había llevado a algún sitio para divertirse.
Últimamente, su mamá la sacaba a pasear de noche con frecuencia; mientras los adultos platicaban, tomaban y bailaban, su mamá buscaba algún cuarto donde ella pudiera descansar.
Pero ese cuarto…
Daya aspiró con fuerza.
Ese aroma tan dulce… era igualito al de Candela.
La pequeña bajó la cabeza.
Hacía mucho que no veía a Candela, ¿por qué se le vino a la mente justo ahora?
La última vez, Candela le había hecho un corte en la pierna a su mamá, y había sangrado mucho.
Su mamá le había dicho que Candela iba a quitarle a su papá, que por culpa de Candela, ni ella ni su mamá podrían ver a su papá…
Solo de recordar eso, a Daya se le llenaron los ojos de lágrimas.
Pero su mamá le repetía siempre que no le gustaban los niños que lloran.
Levantó su manita y se frotó los ojos con fuerza. Descalza, salió de la habitación.
—Mamá, ¿dónde estás?
Daya llamó en voz baja, temerosa de despertar a su mamá si todavía seguía dormida.
Candela estaba en la cocina preparando el desayuno. Al escuchar el ruido, salió y vio a Daya parada sobre el piso, con los pies desnudos.
Por suerte, la calefacción estaba prendida; de lo contrario, seguro Daya se habría enfermado.
—¿Ya despertaste? Ve a ponerte los zapatos y lávate la cara. Cuando termines, ven a desayunar.
Candela ya no la atendía como antes, cuidando hasta el mínimo detalle. Solo le dijo eso y regresó a la cocina.
Al ver a Candela, Daya sintió una chispa de alegría.
Por un instante quiso correr a abrazarla, a oler ese aroma tan especial que siempre traía consigo.
Pero, de inmediato, la voz de su mamá retumbó en su cabeza.
Antes de que pudiera decidir qué hacer, Candela ya había regresado a la cocina.
Daya apretó los labios, aguantando las ganas de llorar.
Cuando Candela llevó el desayuno a la mesa, Daya ya estaba sentada esperándola.
A Candela le sorprendió un poco lo independiente que se había vuelto la niña.

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