—¿Ocurrió algo en la empresa otra vez?
La voz de Erik sonó al otro lado de la línea, preocupada pero intentando sonar tranquila.
—Solo quería avisarte para que no te angustiaras —continuó—. Lo de la empresa ya quedó resuelto, no te preocupes.
Al escuchar eso, Candela por fin pudo relajarse. No quería que los problemas entre ella y Fidel terminaran arrastrando a más personas. Ya sentía suficiente culpa como para añadir otra preocupación a la lista.
—¡Qué alivio! Oye, la verdad es que lo que pasó esta vez no fue un accidente. Fue Fidel, él…
—Sí, yo tampoco esperaba que Fidel fuera a dar la cara para ayudar.
Candela se quedó a medio camino entre el enojo y la sorpresa. Iba a despotricar contra Fidel, pero se detuvo en seco cuando procesó las palabras de su hermano.
—¿Qué dijiste? ¿Fidel te ayudó?
—Así es. Yo también pensaba que ese tipo no servía para nada, sobre todo después de cómo se portó contigo. Pero esta vez, si todo salió tan bien, fue en gran parte gracias a su ayuda.
Candela apretó el teléfono y respiró hondo para calmarse. Conocía a Fidel demasiado bien, y esa versión de los hechos no terminaba de convencerla. Algo no cuadraba. Fidel no era de los que ayudan por simple bondad.
—¿No será que él mismo armó el problema y luego se hizo el héroe?
Erik soltó una risa resignada al otro lado.
—Ojalá así fuera, créeme.
La forma en que su hermano lo dijo despertó una sospecha en Candela.
—¿Fue papá?
—Sí.
El silencio se instaló entre los dos. Por un momento, solo se escuchó la respiración de ambos a través del teléfono. Erik intentó restarle peso al asunto.
—No te preocupes. Ya sabes cómo es él; nada de lo que haga me sorprende. Cuídate tú, no te preocupes por mamá ni por mí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Hija Llama Mamá a Otra