Ella no iba a torcerse el tobillo solo por seguirle el juego a Fidel en público.
Eso sí que sería llevar la estupidez al extremo.
Fidel había avanzado unos pasos y, al darse la vuelta, vio que Candela caminaba tranquilamente a varios metros detrás, al menos cuatro o cinco de distancia.
Cualquiera que los viera pensaría que ni se conocían.
¡Esta mujer!
Frente a las cámaras, estuvo a punto de engañarlo hasta a él con su actuación.
Pero ya, en ese momento, ni siquiera se molestaba en fingir.
Con el ceño fruncido, Fidel se quedó parado esperándola hasta que por fin Candela se acercó a su lado. Entonces, en voz baja y solo para que ella escuchara, le soltó:
—Candela, acuérdate de nuestro trato. Estamos afuera, aunque sea actuando, tienes que hacerlo bien.
Candela sentía que su desempeño frente a las cámaras había sido excelente.
No entendía por qué Fidel se ponía así de nuevo.
Y la verdad, no le interesaba averiguarlo.
—¿Qué más quieres que haga? Dímelo claro y te sigo el juego.
Al ver la actitud tan profesional y distante de Candela, Fidel volvió a llenarse de enojo, incluso más que antes.
Entrecerró los ojos, que brillaban con una dureza cortante.
—En la entrevista lo hiciste de maravilla. ¿No que apenas me viste supiste que yo era el indicado? ¿Ahora por qué me andas evitando y te alejas?
El corazón de Candela se sintió como si le clavaran mil agujitas de plata al mismo tiempo.
No era un dolor insoportable, pero sí uno que le carcomía el pecho por dentro.
Así que, para Fidel, todo ese amor que ella había guardado tan hondo… solo había sido parte del teatro.
Ella le había entregado su corazón, y el hombre al que amaba lo tiraba como si fuera basura…
De repente, Candela soltó una carcajada.
Se dobló un poco, la risa le temblaba en los labios y las lágrimas asomaban en sus ojos, aunque nadie las notó.
Candela se enganchó del brazo de Fidel.
—Si desde el principio me hubieras dicho que tenía que seguirte el juego, lo hacía. Yo pensé que después de la entrevista, ya no hacía falta seguir actuando.

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