Al sentir aquel viento cortante que atravesaba hasta los huesos, Fidel arrugó la frente, arrepintiéndose de lo que acababa de decir.
Estuvo a punto de llamarla para pedirle que se quedara, o al menos para llevarla de regreso, pero Candela ya había bajado del carro.
Afuera, en algún momento, había comenzado a nevar.
Candela se ajustó la gabardina, sin voltear siquiera, y empezó a alejarse con paso firme.
La actitud de Candela le encendió una rabia inexplicable a Fidel.
Presionó el botón para cerrar la puerta y le habló al chofer con voz seca.
—¡Arranca!
El Bentley plateado pasó rozando a Candela, levantando una ráfaga de viento helado que la hizo temblar.
A esa hora, las calles de Ciudad Solsticio estaban casi vacías.
La nieve seguía cayendo con más fuerza y, al mirar la app de taxis y ver la fila de espera, Candela sintió que el frío se le metía más en el alma que en el cuerpo.
Se frotó las manos entumidas, pensando que tal vez terminaría congelada ahí mismo.
De pronto, recordó que Antonia vivía cerca de esa zona.
Sin embargo, Antonia viajaba mucho por trabajo; ni siquiera sabía si estaba en Ciudad Solsticio en ese momento.
Aun así, Candela decidió intentarlo y marcó el número de su amiga.
Por suerte, el celular sonó solo un par de veces antes de que contestaran.
...
El carro de Fidel ya se había alejado bastante. A través de la ventana, solo alcanzaba a distinguir la nieve intensificándose y las calles cada vez más desiertas.
No podía quitarse de la cabeza la imagen de Candela sola, parada en la acera.
Dudó mucho tiempo, pero al final, no pudo hacerse el duro.
—¡Da la vuelta! ¡Regresa por la señora!
El chofer obedeció y el carro pronto estuvo de regreso. Desde lejos, Fidel alcanzó a distinguir la silueta de Candela, aún esperando al borde de la carretera.
Los copos de nieve caían sobre su abrigo negro, cubriéndola como una sábana de hielo. Su figura frágil parecía a punto de desplomarse en ese paisaje helado.
Fidel se incorporó en el asiento, sin apartar la vista de ella ni un segundo.
Por más que lo negara, en ese instante supo cuánto lamentaba haberla dejado ahí, víctima de su propio enojo.
Justo cuando el carro estaba por llegar hasta ella, apareció un vehículo negro del otro lado y se detuvo junto a Candela.
Fidel la vio subir a ese carro.
Cuando ambos vehículos se cruzaron, Fidel bajó la ventana.
Era un Maybach negro.
Si no recordaba mal, Raúl había estado manejando ese mismo carro la última vez.

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