—¿Qué medicina es esa? —preguntó Candela, mirando la taza caliente frente a ella.
—El doctor dijo que usted está muy débil, que necesita fortalecerse un poco. Le recetó esto y pidió que lo tome todos los días —respondió Paloma, con voz suave y preocupada.
Candela recordó que, la última vez que fue a revisión, el médico le había dicho exactamente lo mismo. Asintió con resignación.
—Bueno, me voy a lavar la cara y bajo a cenar.
...
Unos minutos después, Candela bajó las escaleras y entró al comedor. La mesa ya estaba lista; Paloma había dispuesto todo con esmero, dejando el lugar en silencio y con un aroma cálido de comida recién hecha.
Candela se sentó y comió en silencio, sin compañía. No preguntó por Fidel ni tampoco cómo había regresado a casa. No quería volver a hablar de ese hombre, como si al ignorarlo pudiera borrarlo de su vida.
Paloma la observaba de reojo, dudando si debía decir algo. Pero recordando la advertencia de Candela de no meterse en sus asuntos, decidió guardar silencio y limitarse a limpiar la cocina.
Al terminar de cenar, Candela tomó la medicina que le había dejado Paloma y se fue directo a su estudio.
Faltaban pocos días para la entrevista. Aunque sentía que estaba bien preparada, quería repasar todo una vez más, asegurándose de no dejar cabos sueltos. Al fin y al cabo, ese era el primer paso de su nueva vida, y no pensaba decepcionar a su maestra.
Por eso, considerando que su salud seguía delicada, decidió no salir de casa durante esos días. Si llegaba a enfermarse justo el día del examen, jamás se lo perdonaría.
Desde aquella discusión, Fidel no había vuelto a Residencias Monarca. Candela pensaba que seguramente la amante de Fidel había regresado al país y él se encontraba demasiado ocupado atendiéndola. Mejor así, se ahorraba la incomodidad de cruzárselo. Aunque regresara, de todos modos solo se mirarían con desprecio; la convivencia era insostenible.
...
En realidad, Fidel seguía fuera de la ciudad por cuestiones de trabajo. Había considerado pedirle a Mireia que investigara el tema del aborto de Candela, pero al final prefirió esperar para hacerlo él mismo en cuanto terminara sus pendientes.
Aunque no estaba en Residencias Monarca, tenía vigilancia sobre todos los movimientos de Candela. Sabía que ella ni siquiera salía al patio. Se despertaba, iba directo al estudio y se quedaba frente a la computadora durante horas.
—Seguro está viendo esas novelas románticas sin sentido —pensó Fidel, apagando la pantalla del monitor de vigilancia con fastidio.

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