Aunque no tenía pruebas, Nerea sentía que Nicolás tenía algo que ver con todo aquello.
Emilia le contó que Esmeralda estuvo detenida toda una noche y no la soltaron hasta el tercer día.
Emilia, que era muy astuta, mandó gente a hacer guardia fuera del centro de detención. En cuanto Esmeralda salió, le tomaron un montón de fotos y videos.
En los videos, Esmeralda se veía pálida, con la mirada perdida y aterrorizada, caminando cojeando como si hubiera pasado por un infierno.
Eso le dio a Nerea bastante satisfacción.
En cuanto a Cristian, ya habría tiempo para ajustar cuentas.
Por la tarde, los hermanos Santillán fueron a visitarla.
Martina iba adelante con un ramo de flores y Liam la seguía cargado de bolsas en ambas manos.
Traían de todo: suplementos costosos, ropa, joyas, relojes de marca, libros, juguetes y hasta una consola de videojuegos.
—Nere, ¿cómo sigues? No debimos dejarte regresar ese día —dijo Martina llena de culpa, creyendo que la hospitalización de Nerea se debía a la caída al mar.
Liam añadió con voz grave: —Lo siento.
Nerea sentía impotencia ante ese par. Le dolía la garganta, así que solo pudo consolarlos en voz baja: —No se culpen, no es por lo de ese día.
Como Nerea aún estaba muy débil, los hermanos Santillán no quisieron molestarla mucho tiempo y se fueron pronto.
Poco después llegó la familia Rojas.
El pequeño Emilio traía flores y Leonardo cargaba con regalos, también ingredientes gourmet y costosos.
—Doctora Galarza, ¿ya está mejor? —preguntó Emilio dándole las flores.
Nerea las recibió. —Al verte me siento mucho mejor. Gracias por las flores, Emilio.
Emilio sonrió y, al ver el vaso de agua en la mesita, preguntó: —¿Quiere agua, Doctora Galarza? Yo le ayudo.
Nerea no quiso apagar el entusiasmo del niño y asintió.
Emilio le dio agua con mucho cuidado y Nerea le acarició la cabeza. —Gracias.
En ese momento entró el médico para tomarle la temperatura y revisar sus signos vitales.
Mientras anotaba los datos, dijo: —Hora de la medicina.
La enfermera le pasó un vaso con un jarabe espeso y oscuro.
El olor era tan fuerte y extraño que hasta Emilio se alejó.
Nerea sostuvo el vaso, se estuvo animando un buen rato, pero no se atrevía a tomárselo.
El médico tapó su bolígrafo y la miró divertido. —Ándele, colega, tómeselo.
Nerea odiaba estar hospitalizada. A donde fuera se encontraba conocidos: si no eran alumnos de su madre, eran estudiantes de la Doctora Miranda; todos eran sus colegas o excompañeros.
Hasta para tomarle la temperatura se daban la vuelta ellos mismos, y ni se diga para asegurarse de que se tomara la medicina.
¡Pero esa cosa sabía a rayos!
Nerea se tapó la nariz y se lo tomó de un trago, haciendo arcadas varias veces, pero obligándose a tragar.
—¡Guácala! —Emilio miraba a Nerea con cara de espanto, como si él fuera el que se lo hubiera tomado.


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