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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 420

Y como Valparaíso y Puerto San Martín estaban a miles de kilómetros de distancia, Marcos Escobar, el padre de Pedro, poco podría hacer desde allá. Por eso Pedro había huido de regreso a su terreno.

Nerea esperaba ansiosa noticias sobre Isabel. Pasó toda la tarde con los ojos inyectados de sangre y el rostro demacrado.

Al atardecer, por fin llegó el contacto del mercado negro.

Nerea miró detrás de él, pero no vio a Isabel.

—Luka, ¿dónde está Isabel? —preguntó la señora Zamora.

Luka se tocó la nariz y tosió ligeramente.

—No encontramos a Isabel.

—¡¿Qué?! —Nerea miró a Luka con incredulidad.

Luka explicó con frustración:

—La gente del pueblo dice que a Isabel la compraron el primer día que llegó. El comprador ofreció una suma muy alta, así que la vendieron y compraron a otra mujer para reemplazarla. En cuanto a quién la compró, no saben nada. En ese lugar perdido en la sierra no hay cámaras, no hay rastro.

La señora Zamora frunció el ceño con gravedad.

—¿Quién compraría a Isabel sabiendo exactamente que la venderían a ese pueblo? Luka, ¿hay un traidor?

La expresión de Luka cambió al instante, volviéndose feroz.

—Jefa, fue mi error. Voy a regresar ahora mismo a interrogarlos. Si alguien se atrevió a traicionarme en mis narices, es porque no valora su vida.

Luka se disculpó con Nerea, asegurándole que encontraría al traidor y daría con Isabel. Luego se marchó con el rostro sombrío.

Sin Isabel, no podían hacer el intercambio por Emilia. Ahora todo dependía de Leonardo.

Nerea llamó a Leonardo.

—Leo, no encontramos a Isabel. ¿Qué hago?

—Bloquea la información, que Pedro no se entere. Yo me encargo del resto, tú no te preocupes. ¿Vas a volver a Puerto San Martín ahora? ¿Necesitas que te prepare un avión?

—No, mi madrina ya me preparó uno.

Tras colgar, Leonardo hizo otra llamada.

—Búscame a una persona...

***

Mientras tanto, en un sótano de una villa privada en Puerto San Martín.

Dos hombres, golpeados y cubiertos de sangre, estaban arrodillados temblando en el suelo.

Cristian estaba sentado en la penumbra, no muy lejos.

—Hablen. ¿Dónde está Emilia?

—Señor Vega, de verdad no sabemos dónde está.

Cristian recordaba claramente que en su sueño, estos dos eran quienes secuestraban a Emilia. Por eso los había mandado capturar.

—Sigan golpeando.

Con esa orden, el sótano insonorizado se convirtió en un infierno de gritos desgarradores.

—Señor Vega, ¡de verdad no sabemos!

—Por favor, déjenos ir, se lo suplico.

Los hombres no dejaban de golpear la cabeza contra el suelo suplicando.

Cristian miró un mensaje en su celular, se levantó y caminó hacia ellos. Los miró con frialdad asesina.

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