Nerea apretó el mango del paraguas y bajó la vista, pensativa durante un largo rato.
—¿Y si no firmo? ¿Qué vas a hacer? —preguntó Nerea.
Cristian frunció levemente el ceño. En realidad no quería terminar tan mal con Nerea, después de todo tenían a Ulises.
Pero si ella se obstinaba, él no tendría piedad.
—Aunque no quieras la custodia de Ulises, sigue siendo tu hijo. Deberías pensar en él y en tu familia. Con el dinero, tu familia podría vivir mejor y la empresa de videojuegos de tu hermano crecería más rápido.
No dijo nada que sonara a amenaza directa, pero todo iba con doble filo.
Nerea dijo con indiferencia: —Está bien, lo pensaré.
Se alejó del cementerio bajo la lluvia.
Cristian encendió un cigarrillo y, entrecerrando los ojos entre el humo y la llovizna, observó su figura alejarse.
—Cris —Isabel se acercó y se colgó de su brazo—, ¿qué te dijo?
—Dijo que lo pensaría.
Isabel sintió una alegría inmensa y apoyó la barbilla en su hombro. —¿Crees que lo considere de verdad o solo está ganando tiempo?
Cualquiera de las dos opciones le servía; no pasaría mucho tiempo.
Había esperado años, podía esperar un poco más.
Cristian apagó el cigarro, se giró y abrazó a Isabel. —¿No dijiste que ibas a hacer una fiesta de inauguración? ¿Ya tienes fecha?
***
Medio mes después.
El día de la fiesta de los Echeverría llegaron muchos magnates y gente de la alta sociedad, todos por quedar bien con Cristian. Si no fuera por él, nadie sabría quiénes son los Echeverría.
La familia Echeverría no cabía en sí de gozo, estaban radiantes y presumidos.
Cristian solo tenía que sentarse junto a Isabel para que la gente se acercara a brindar. Él señalaba a Isabel, en un claro gesto de apoyo.
Isabel aprovechaba para presentar a su padre, Lorenzo Echeverría, y a su primo, Santiago.
Después de esa fiesta, de la noche a la mañana, la familia Echeverría pasó de ser unos desconocidos a convertirse en la familia más codiciada de Puerto San Martín.
Todos querían relacionarse y hacer negocios con ellos.
El Grupo Echeverría, que estaba moribundo, revivió gracias a la inversión de Cristian y ahora las acciones subían como la espuma.
Mientras tanto, la familia Galarza estaba vendiendo sus centros comerciales.
Al enterarse, los Echeverría no perdieron la oportunidad de intentar darles la estocada final.
Durante la comida, Isabel tanteó el terreno con Cristian: —Escuché que los Galarza están vendiendo sus plazas comerciales.
—¿Ah, sí? —Cristian le pasó un trozo de carne cortada.

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