Si fuera el Cristian joven de antes, quizás habría creído las palabras de Esmeralda. Pero el Cristian actual llevaba años en el mundo de los negocios; su mentalidad y experiencia ya no eran las mismas.
Entendía perfectamente lo que Esmeralda buscaba.
Sonrió con frialdad.
—¿Así que por su riqueza y estatus sacrificaron mi felicidad? ¡Sabían perfectamente que a quien yo quería era a Isa!
—Si te divorcias de Nerea ahora, todavía puedes casarte con Isabel. Ahora tienes éxito, eres guapo y millonario; ¡Isabel te amará más que antes!
Cristian recordó los cuestionamientos de Nerea en la sala de mediación del juzgado y preguntó:
—¿Y Nerea? ¿Se merece haber cargado con la culpa tantos años? ¿Se merece haber sido utilizada por los Vega y que yo la despreciara?
Esmeralda soltó un bufido.
—Ella se casó voluntariamente y se divorcia voluntariamente. Nadie la obligó.
Cristian nunca imaginó que su madre fuera una persona tan egoísta y desvergonzada.
Quizás sintiendo que sonaba demasiado insensible, Esmeralda intentó justificarse:
—Admito que los Galarza nos ayudaron al principio, pero luego tú se los fuiste pagando, así que quedamos tablas. Ahora con el divorcio le vas a dar treinta mil millones. En seis años ganar treinta mil millones, ¿en qué otro lado vas a sacar una “inversión” así de buena?
¿El matrimonio como inversión?
Si Nerea estuviera ahí, probablemente le habría dado otras dos bofetadas a Esmeralda.
Aquel matrimonio había sido uno en el que ella invirtió su juventud, su entusiasmo, sus esperanzas y todo su corazón.
Cristian tenía la mente hecha un lío. Siempre pensó que Nerea le debía algo a él, por lo que todo lo que él hacía o decía era culpa de ella, se lo merecía.
Pero ahora, seis años después, se daba cuenta de que Nerea nunca le debió nada.
Eran los Vega quienes estaban en deuda con Nerea.
Le pidió a Yago que investigara los gastos domésticos de los últimos seis años: Nerea nunca había gastado un solo centavo de él.
Desde los gastos diarios de la casa, la despensa, los sueldos de los empleados, hasta la ropa de marca de cada temporada, joyas nuevas, zapatos, bolsas, tratamientos de belleza, viajes, invitaciones y los gastos médicos de la abuela.
Además de todos los compromisos sociales con otras familias de alcurnia.
Todo había salido del bolsillo de Nerea.
Nerea no usó ni un peso suyo.
Felicia susurró:
—Pero al final no lo consiguió, ¿verdad? El video lo tienes tú, hermano.
Cristian ignoró a su estúpida hermana y continuó:
—La última vez que contrataste gente para secuestrarla, usé mis contactos para taparlo. ¿Crees que con eso basta? ¿Crees que ella no tiene contactos? Simplemente no los usó.
»Si esta vez hubiera conseguido el video y supiera la verdad, que tú le tendiste una trampa para utilizar a los Galarza, ¿qué crees que haría? ¿Crees que seguirías viajando por el mundo y manteniendo a tus gigolós?
Esmeralda, considerándose una mayor respetable, se sintió humillada al ser expuesta por su propio hijo sobre lo de mantener amantes. Su resentimiento creció, pero no se atrevió a estallar para no provocar más a Cristian.
Después de todo, su riqueza dependía de él.
Antes de irse, miró a las dos mujeres y dijo:
—Esta es la última vez que lo digo: si se atreven a hacer estupideces a mis espaldas y algo sale mal, no me haré cargo.
Cristian salió de la Mansión Vega a grandes zancadas.
Después de eso, Cristian reflexionó durante mucho tiempo y decidió aceptar la demanda de Nerea: le daría la mitad de sus bienes.

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