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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 457

Todo era por Noa.

Noa se había casado con Esteban, el hijo biológico de Ana.

Ella tenía un carácter fuerte y, con el respaldo de la familia Vega, se comportaba como una reina en su casa; lo que ella decía era ley.

Esteban era un hombre muy atractivo, tenía buena pinta, pero cero ambición. Se la pasaba de fiesta en fiesta, viviendo la vida loca.

Noa lo despreciaba profundamente. Cada vez que se veían, lo atacaba con sarcasmos y palabras hirientes.

Esteban, por su parte, mantenía a una amante. Leticia, con sus encantos y mimos, lo tenía comiendo de su mano.

Bajo la influencia de ella, Esteban comenzó a consumir y vender sustancias ilícitas.

Lo que él no sabía era que esa mujer trabajaba para Bautista.

Bautista, al tener pruebas contra Esteban, amenazó a Noa y a Ana para infiltrarse en la empresa de la familia Robles y exigir una buena cantidad de acciones.

Noa y Ana, ciegas de ira, confrontaron a la amante y, en el forcejeo, se les pasó la mano y la mataron.

Sin embargo, nada de esto escapó a los ojos de Bautista.

Bautista extorsionó a Noa: o se casaba con Rocío, o él expondría los crímenes de ella y de Esteban.

Y Bautista no quería casarse con Rocío solo por obsesión, sino porque le interesaba el Grupo Vega, que estaba detrás de ella.

Noa no tuvo más remedio que ir a llorarle a Esmeralda.

Esmeralda, a quien le dolía ver sufrir a su hija mayor, le entregó los documentos necesarios.

Noa movió sus influencias y sobornó a un empleado del Registro Civil.

Así tramitaron el acta de matrimonio de Rocío y Bautista.

Tras escuchar el informe policial, Cristian preguntó:

—¿Eso es todo?

¿Solo rencillas de la familia Robles?

Cristian sentía que había algo más.

Nerea pensaba lo mismo; tenía la corazonada de que alguien estaba moviendo todo desde las sombras.

Los más sospechosos eran Bautista y la amante.

Pero la amante estaba muerta.

Bautista solo admitía el chantaje, negando cualquier otra implicación, y no iba a soltar prenda fácilmente.

Por otro lado, estaba el caso de Francisca.

La investigación policial concluyó que la enfermera le había inyectado un medicamento desconocido a Francisca, provocándole una falla orgánica generalizada.

Esa enfermera tenía una técnica y una reputación impecables; llevaba diez años trabajando en el hospital con un historial limpio.

Por eso el hospital se la había recomendado a Cristian.

Cristian le pagaba un sueldo de cincuenta mil pesos al mes.

Muchas enfermeras envidiaban ese puesto.

El hospital la recomendó precisamente para evitar que alguien inexperto cometiera un error.

Nadie imaginó que ella envenenaría a su propia paciente.

Al principio, la enfermera se negó a confesar.

Hasta que la policía le informó que su hijo, bajo los efectos de las drogas, había alucinado y asesinado a su esposa con un cuchillo de cocina.

Ahora solo quedaba su nieto pequeño, que terminaría en un orfanato.

Nerea le prometió que, si confesaba la verdad, la Fundación OmniGen se haría cargo del niño hasta que fuera mayor de edad.

La mujer se derrumbó.

Lo contó todo.

Su hijo le había dado un «suplemento», diciéndole que si se lo inyectaba a Francisca, él recibiría un millón de pesos.

Ella se negó al principio.

Su hijo hizo un berrinche, pataleó e incluso la golpeó.

Al ver que ella seguía negándose, amenazó con vender a su esposa y a su hijo para conseguir dinero.

Solo entonces ella aceptó.

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