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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 171

Leonardo y Cristian regresaron al mismo tiempo; la carrera había estado tan reñida que cruzaron la meta juntos.

Emilio corrió hacia ellos.

—Tío Leo, ¿por qué no ganaste? La doctora Galarza y yo creíamos que ibas a ganar, tú eres el más hábil.

—¿Ah, sí? —Leonardo miró a Nerea con sorpresa, y una leve sonrisa curvó sus labios, señal de su buen humor.

Nerea asintió, admitiéndolo:

—Así es, el señor Rojas tiene una técnica ecuestre impecable.

Fabián, que no aceptaba la derrota moral, replicó:

—Mi Cris también es un experto.

Nerea continuó su análisis:

—El caballo del señor Rojas es claramente inferior al purasangre del señor Vega. Sin embargo, logró llegar a la meta al mismo tiempo que él. Eso demuestra que la habilidad del señor Rojas es superior.

Antes de que Nerea terminara de hablar, Cristian ya se había quedado mirándola fijamente.

Ella estaba apoyada con toda calma en la valla de madera del hipódromo, haciendo girar la fusta entre los dedos. Llevaba un traje de equitación clásico en blanco y negro; las botas altas hacían que sus piernas se vieran larguísimas, y su largo cabello estaba recogido en una coleta alta y desenfadada.

El viento de otoño soplaba, agitando los mechones sueltos y dándole un aire audaz y competente.

La mirada de Cristian era profunda e indiferente; era imposible adivinar qué estaba pensando.

Giró la cabeza hacia Leonardo y dijo, medio en broma:

—Señor Rojas, ¿otra vuelta? El que pierda invita la cena de hoy.

—¡Vamos, tío Leo, tú puedes! —exclamó Emilio emocionado—. ¡Seguro que ganas! Leonardo no quería decepcionar a Emilio, así que aceptó. Con movimientos pausados y elegantes, se quitó el rosario que llevaba en la muñeca y se inclinó para ponérselo a Emilio en el cuello.

Luego, le dio unas palmaditas en la cabeza.

—Pórtate bien y guárdamelo un rato.

No sabía si era su imaginación, pero Nerea sintió que, en cuanto Leonardo se quitó el rosario, su presencia cambió por completo. Era como si el rosario lo hubiera contenido todo este tiempo, y de pronto Leonardo se soltara por completo.

Imponente. Feroz. Con una determinación tan dura que daba la impresión de que nada iba a detenerlo.

El objetivo de Cristian ya se había cumplido: ganara o perdiera, cenaría con Leonardo esa noche.

Leonardo era un digno rival, y con un rival así, lo mínimo era competir en serio y sin guardarse nada.

La vuelta anterior había sido solo un calentamiento amistoso; esta vez, iba en serio.

Leonardo también se lo había tomado con calma antes, pero ahora, para no defraudar a Emilio, se había quitado hasta el rosario y estaba dispuesto a darlo todo.

Después de todo, su caballo no era tan bueno como el purasangre de Cristian. Además, la técnica de Cristian era realmente excelente; no podía permitirse subestimar al enemigo confiando solo en su propia fuerza.

Los dos caballos arrancaron a toda velocidad, persiguiéndose y adelantándose mutuamente. Iban prácticamente a la par, sin darse un respiro.

Los gritos de ánimo de Emilio y Fabián subían de tono, ambos con las gargantas ya roncas de tanto gritar.

Nerea abrió una botella de agua y se la pasó a Emilio.

—Toma un poco de agua.

Emilio bebió y preguntó:

—Doctora Galarza, ¿cree que tío Leo pueda ganar?

—Sí.

Nerea mintió. Mantenía la vista fija en ambos jinetes; en ese momento, era imposible predecir al ganador.

Cristian tenía la ventaja de un mejor caballo y una técnica pulida y estable, sin un solo error.

El caballo de Leonardo era ligeramente inferior, pero su estilo de montar… era salvaje.

Parecía un jinete salvaje: feroz, libre, lleno de vida. Sobre el caballo, mandaba él.

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