—Muchas gracias, doctor Encinas —dijo Cristian con una mirada llena de gratitud.
Alexander saludó a Nerea y le dijo que no se preocupara por él, que al fin y al cabo eran familia.
Cuando Alexander se marchó, Nerea se volvió hacia Cristian.
—Señor Vega, ¿qué asunto lo trae por aquí?
—Nere —la llamó él en voz baja—, ya me acordé.
A Nerea se le aceleró el corazón, pero se hizo la sorprendida.
—¿De qué te acordaste?
—De todo.
El día que secuestraron a Isabel, el coche de Nerea frenó de emergencia y dio un volantazo, terminando estrellado contra un poste de luz. Inmediatamente después, el coche de Cristian impactó contra la parte trasera del auto de Nerea. La cabeza de Cristian golpeó violentamente contra el interior del vehículo.
Esa misma noche, comenzó a soñar.
Y después, cada día, en cuanto se quedaba dormido, el sueño se repetía.
Desde aquel verano en que conoció a Nerea.
La vio con sus propios ojos: desde que lo miraba con brillo en la mirada al principio, hasta que terminó llena de heridas, llorando de impotencia, y finalmente con el corazón hecho cenizas, sin luz ni amor en los ojos, solo odio y repulsión.
El sueño era tan real que últimamente no había descansado bien; tenía unas ojeras oscuras y profundas.
Llegó a sospechar que estaba demasiado obsesionado con Nerea y que por eso proyectaba sus pensamientos en la noche. Incluso buscó a un psicólogo.
Pero aun después de la terapia, el sueño seguía repitiéndose.
Así que tuvo que admitir que no era un sueño. Era la realidad.
Durante este tiempo, tras investigar, descubrió que Ulises era, de hecho, hijo suyo y de Nerea. Luego interrogó a fondo a Yago y fue así como supo la verdad.
Resultó que Nerea había contactado a Adrián para realizarle una cirugía de borrado de memoria.
No era a ella a quien odiaba, sino a sí mismo; y, en el fondo, sentía que se lo merecía.
***
La fiesta de compromiso comenzó y las luces del salón se atenuaron.
Nerea miraba a Jaime y a Martina en el escenario, con sus rostros radiantes de felicidad, y sintió una mezcla de emoción y conmovida ternura. Sus ojos se humedecieron sin querer.
Esperaba que fueran felices para siempre, que su amor fuera duradero e inmutable.
Cristian, por su parte, la observaba en silencio.
Delineaba con la mirada cada detalle: sus cejas suaves, sus ojos felices, la curvatura de su sonrisa. Parecía querer grabar a la Nerea de ese instante en su corazón, para atesorarla eternamente.
Los aplausos estallaron en el lugar y las felicitaciones resonaron por doquier.
Los novios se deslizaron hacia la pista de baile al ritmo de la música, y frente a Nerea aparecieron tres manos.
Cristian, Liam y Kevin.
Los tres la invitaron a bailar al mismo tiempo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio