Jaime asintió.
—Entendido, Emilia.
Isabel estaba muy satisfecha con su desempeño y, con una sonrisa, le hizo un gesto a Nerea invitándola a jugar.
En ese momento, las bolas rojas que quedaban en la mesa estaban en posiciones difíciles; estaban demasiado cerca de las bolas de color.
Según las reglas del Snooker, había que limpiar todas las bolas rojas antes de poder golpear las de color en orden.
Nerea observó seriamente mientras repasaba miles de estrategias de tiro en su mente.
Finalmente, eligió la más ingeniosa, pero también la más arriesgada. No admitía el más mínimo error; un fallo y perdería toda la partida.
Frotó la punta del taco con la tiza, se inclinó sobre la mesa, con la mirada fija y decidida.
Isabel se sentó en el brazo del sofá donde estaba Cristian, mirando a Nerea con una sonrisa burlona, pensando que estaba sobreestimando sus capacidades.
Esa bola roja estaba pegada a la negra; al menor descuido, metería la negra y perdería falta. Ni siquiera ella se atrevería.
Isabel se levantó, lista para retomar el turno.
Pero, a menudo, la bofetada de realidad llega en un instante.
¡La bola roja entró!
Y la bola negra se detuvo justo al borde de la tronera.
—¿Cómo es posible? —exclamó Isabel, incrédula.
Emilia soltó una risa burlona.
—¡Que tú seas manca y no puedas hacerlo, no significa que mi Nere no pueda!
Fabián tampoco quería creerlo y dijo:
—¡Seguro fue pura suerte!
Emilia, harta de ellos, puso los ojos en blanco.
—Son unos ardidos. ¿Tanto les cuesta admitir que alguien es excelente?
Mientras discutían, Nerea ya había seleccionado la siguiente bola roja.
Esa roja estaba entre la bola rosa y la azul, también muy difícil.
En ese instante, las miradas de todos los presentes se clavaron en Nerea, cada uno con pensamientos distintos, creando un ambiente intenso.
Nerviosismo, expectación, duda, admiración, atracción reprimida y simple curiosidad...
Nerea mantenía una expresión serena. Movió la mano, se escuchó el golpe y la bola roja entró suavemente en la tronera.
—¡Oh! ¡Entró, entró! —los dos niños chocaron las manos celebrando.
Emilia miró a Isabel con presunción y gritó:
—¡Eso! ¡Qué buena!
Isabel mantenía la sonrisa, aunque un poco forzada.
—¿Y a esto le llama la doctora Galarza no saber jugar?
Nerea rió suavemente.
—Pura suerte.
Siguió con la tercera, la cuarta, y así hasta que todas las bolas rojas entraron.
A continuación, procedió a golpear las bolas de color en orden ascendente según su valor.
Amarilla, verde, marrón, azul y rosa; todas entraron. Ahora solo quedaba la bola negra.
La negra estaba al borde de la tronera. No requería ninguna técnica, solo un toque suave, y entró.
Nerea miró el calendario; faltaban poco más de diez días para cumplir el mes. En cuanto terminara el periodo de reflexión, podrían ir a recoger el acta de divorcio.
Nerea le envió un mensaje a Cristian para acordar la hora de ir al registro civil, pidiéndole que reservara ese día.
Cristian respondió con un simple «Ok».
Llegó el día acordado.
Nerea llevó sus documentos y fotos, llegando diez minutos antes al registro civil.
Esperó media hora en el vestíbulo y, al no ver a Cristian, lo llamó.
Cristian le colgó la llamada.
Nerea frunció el ceño y llamó a Yago.
—Hola Yago, soy Nerea. ¿Dónde está el señor Vega?
—Lo siento mucho, doctora Galarza —se disculpó Yago—. El señor Vega está en una reunión de emergencia, probablemente no pueda ir al registro civil.
—¿A qué hora termina? —preguntó Nerea. Si no tardaba mucho, podía esperarlo.
Yago entendió la intención de Nerea y dijo:
—Será mejor que la doctora Galarza acuerde otra fecha con el señor Vega. Para ser honesto, acabo de reservar un vuelo a Estados Unidos para él. En cuanto termine la reunión, saldrá directo al aeropuerto. Hay un problema grave en la sede de allá y debe ir personalmente.
Nerea agradeció y colgó, resignándose a irse del registro civil.
De camino al aeropuerto, Cristian se tomó un momento para llamar a Nerea.
—Iremos por el acta de divorcio cuando regrese de Estados Unidos. En cuanto confirme mi fecha de regreso, te avisaré para que te organices.
—Está bien.
No hubo más palabras; colgaron en cuanto terminaron de hablar.

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