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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 433

Era pleno verano. Apenas pasaban las ocho de la mañana y el sol ya pegaba fuerte, quemando la piel.

Pedro acompañó personalmente a Isabel al tribunal, caminando a su lado y sosteniéndole la sombrilla.

Nerea a veces sentía genuina curiosidad. Le intrigaba saber qué clase de historia le habría inventado Isabel a Pedro con esa lengua viperina que tenía. A Pedro no parecía importarle en lo más mínimo que ella hubiera estado con tantos hombres. Seguía dispuesto a estar a su lado, como un perro fiel. Nerea no sabía si aplaudir su lealtad o compadecerse de su intelecto.

Cuando se cruzaron, Emilia jaló a Nerea para apartarse exageradamente, con una mueca de asco.

—El camino es muy ancho, ¿no pueden irse por otro lado? Esa mujer ha pasado por tantas manos que quién sabe qué enfermedades traiga. Aléjense de nosotras.

Isabel, que ahora adoptaba el estilo de damisela frágil, palideció al escuchar a Emilia y se tambaleó como si fuera a desmayarse.

Pedro la sostuvo de inmediato, dolido por ella, y miró con furia a Emilia.

—¿Acaso ya no quieres tener boca?

Nerea defendió a su amiga con firmeza:

—Yo creo que el que no quiere tener piernas eres tú.

Para la guerra y para los insultos, ellas eran hermanas de armas.

Emilia soltó un bufido y añadió con sarcasmo:

—Señor Escobar, ¿le fallan los ojos o le falla otra cosa? ¿No pudo encontrar a otra mujer? ¿A fuerza tenía que recoger a la amante que ya todos usaron?

Isabel se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Emilia, todas somos mujeres, ¿por qué eres tan cruel? Tú también fuiste víctima de trata, ¿acaso yo debería decir que a ti también te usaron todos los hombres? ¿Que estás contagiada?

—Mire, señora, yo sigo siendo tan pura como el día que nací, y los policías que me rescataron pueden dar fe. Hasta puedo ir al hospital a sacar un certificado médico. ¿Y tú? ¿Te atreves? ¿Quién te rescató a ti? ¿Hay testigos? ¿Quién sabe cómo lograste regresar?

Pedro gritó:

—¡Nerea, controla a tu amiga! O no respondo.

—¿Qué pasa? ¿El señor Escobar va a mandar a mis parientes locos a secuestrarme otra vez?

Pedro no cayó en la provocación y bufó:

—No sé de qué hablas.

En ese momento, Lucía bajó de otro coche llevando de la mano a la hija de Isabel y Pedro. Pedro había movido sus influencias para sacar a Lucía del hospital psiquiátrico.

Nerea miró a la niña. Se veía tierna, pero a su corta edad ya había aprendido a mentir; de tal palo, tal astilla.

Isabel intervino de repente:

—Los pacientes psiquiátricos tienen emociones inestables. Si sigues provocando a mi mamá, no respondo si hace algo, como apuñalarlas aquí mismo. Al fin y al cabo, los enfermos mentales no van a la cárcel por matar.

Lucía iba a replicar, pero al oír lo último, soltó una risa macabra. Parecía que en cualquier momento sacaría un cuchillo para atacarlas.

Nerea sonrió con desdén.

—No es delito, cierto, pero la encerrarían en el psiquiátrico de por vida. Pastillas, inyecciones y terapia todos los días hasta que se muera. Lucía, ¿aguantarías esa vida?

Por supuesto que no. Lucía recuperó un poco la cordura y se calmó.

Emilia y Nerea entraron al juzgado.

El caso no tuvo sorpresas. La sentencia de segunda instancia confirmó la primera: Isabel debía pagarle a Nerea 33 mil 300 millones de pesos. Nerea solicitó la ejecución inmediata.

Después de la audiencia, Nerea denunció al hospital psiquiátrico por liberar ilegalmente a Lucía. El hospital alegó que la paciente se había recuperado y que el alta cumplía con todos los requisitos y firmas médicas. Todo legal.

Lo importante ahora era Isabel. Si ella caía, Lucía no llegaría lejos. Así que Nerea dejó que la vieja disfrutara de su libertad unos días más.

Por otro lado, Pedro quería casarse con Isabel, usando la excusa de darle un hogar a la niña. Marcos no podía controlar a Pedro y, además, quería a su nieta. Finalmente cedió: podían casarse, pero Isabel debía pagar sus propias deudas antes de entrar a la familia Escobar.

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